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Después de todo, la pintura se ha de hacer tal como uno es.
Juan Gris

Miradas

Juan Travnik
Fotografías

Nacido en Buenos Aires en el año 1950, Juan Travnik no sólo ha desarrollado su trabajo como fotógrafo sino que se ha convertido en uno de los referentes actuales de la transmisión del recorte con la cámara. Su precisa mirada lo ha erigido como uno de los curadores a los que muchos quisieran entregarle su obra para que le dé una lectura que sin duda le aportará riqueza.

Convocado por ESTO NO ES UNA REVISTA el generoso maestro se descubre como generoso curador de sí mismo y nos ofrece una serie de retratos que tomó en distintos momentos de su recorrido como fotógrafo. Un formato con el que ha trabajado mucho y en los cuales se reune y concentra su fineza estilística y su posición estética, que no son sino su bella forma de ver el mundo.


Todo arte es político. Toda bienal es política | Apuntes sobre la 29ª Bienal de Arte de San Pablo. Algunos recorridos posibles.
por Juan Fernando García
Fotos: Fabián Muggeri - JFG

1.
Pararse en un extremo del Pabellón de la Bienal, esa magnífica obra de Oscar Niemeyer enclavada en el no menos magnífico Parque Ibirapuera, para entrever en sus pasajes –un tejido de hormigón que enlaza, que invita al paseo– cientos de obras internacionales que definen una apuesta muchas veces difícil de desentrañar. Fuera, o lejos de planteos teóricos, el visitante desinteresado se enfrenta en esta vigésimonovena puntualmente a una pregunta en clave poética: ¿qué es el arte político?, que en versos de Jorge Lima, lema del evento, reza: “Siempre hay un vaso de agua para navegar”. Es tan amplio el listado, tan heterogéneo que, dispuestos de calzado cómodo, desandaremos por unas cuantas horas esos andenes. No hay posibilidad de ver todo rápidamente. Sí es viable atisbar algunas obras pero desaconsejamos el paso muy rápido. Un paseo, entonces. Un paseo caprichoso.

 

2.
Entregarse a una experiencia estética requiere de un trabajo espiritual (¡vaya lugar común!), donde lo intelectual es sólo un soporte, otro andamiaje que se sostiene a puro corazón. Eso que la educación estética dejó en un cajón de la enseñanza. Al pueril me gusta–no me gusta, hay que añadirle una lectura, un apunte que desande nuestra ignorancia. Por eso, el equipo educativo de la Bienal aporta tanto y tan buen material. Es infernal recorrerla en días de visitas escolares y no tiene parangón ver la obra de Ernesto Neto, enorme él y su obra, repleta de niñitos de escuela pública entregados al goce pleno.

 

3.
Con cierta información previa, con un mapita, a veces es la búsqueda personal la que signa un sector. Ahí estábamos, frente a La Balada de la dependencia sexual de Nan Goldin. Hemos visto tantas veces sus fotos, la han imitado tanto, pero sigue siendo aurático: esa mirada es única en estos slides. Hay que internarse en el cubo negro que transmite incesantemente, con una música exquisita, años y años de un ojo y un cuerpo puestos ahí, en los afectos. Por eso, los cuarenta y tantos minutos de proyección dicen un tiempo, una época, una biografía. Quienes atendemos a esa experiencia única, sabemos que nuestra época atravesada por el sida también está ahí, en los amigos muertos. Pero no hay dramatismo, hay amor, hay vida. Y como el poema de Juanele Ortiz: “Alma/ inclínate sobre los cariños idos”, así Nan Goldin se inclina sobre los suyos y nos lo entrega. Una experiencia que, sobriamente, llamaremos poética.

 

4.
Cuando Hélio Oiticica se va a vivir a la favela, alejándose para siempre de las frondosidades millonarias del Botánico carioca, su obra hace un giro que deja como estela espacios participativos gozosos y dichosos: así son estos Nidos que replican los realizados en 1970. Es un encastre de camitas, que invita a descansar, a compartir sueños. De las pocas obras de la Bienal que interactúan sin mediaciones con el asistente. Pequeñas, con la levedad del liencillo, y la calidez de una lucecita siempre encendida.
La representación de Oiticica se completa con una obra de 1968, emblemática: Seja marginal, seja herói.

 

5.
La Bienal permite, muchas veces, la intervención en el espacio a través de grandes instalaciones. Muchas veces también, esos espacios se vuelven herméticos. Cuando la acción compete al espectador directamente, cuando lo invita a meterse en la arena e invita a otros, la experiencia es política en la inmediatez. Eso pasa con la obra de Luiz Zerbini, quien emplazó una caja negra que simula una disco con luces que invitan a ser seguidas o perseguidas e incita a bailar, a jugar, arrastrando a otros en una acción que trasforma en pura alegría la solemne oscuridad.

 

6.
Argentina tiene una fuerte representación y una pobre cobertura porque le tocó batallar en sus envíos con una feria-del libro-sin libros. Y dentro de ese desinterés, sólo se salvó la obra de Roberto Jacoby que le puso acción a toda la Bienal. Por tratarse de una edición tan política, por ahí estaban (en un diseño espacial bastante discutible) algunos históricos: un video del armado de La menesunda de la dupla Minujin-Santantonín; la reproducción de La familia obrera de Oscar Bony; una documentadísima pared que evocaba los días de Tucumán Arde; el proyecto del Parque de la Memoria que el día de la inauguración llevó a Madres y Abuelas de la Plaza, aplaudidas incansablemente. Además, David Lamelas y Alberto Greco.

 

7.
Golpes de efecto son los que persigue en algunos casos una edición que, a vuelo rasante sobre los andenes del pabellón, no lo consigue. Entonces, nada mejor que armar lío con lo más inocente. La obra de Gil Vicente persigue ese interés. Son una serie de dibujos perfectísimos, de gran tamaño, dispuestos en uno de los lugares de privilegio del edificio, donde el autorretratado artista asesina a diferentes personajes locales e internacionales: Lula, Fernando Enrique Cardoso, la Reina de Inglaterra, el Papa Benedicto. Son una larga serie. Resultan impactantes. Son piezas de dibujos soberbios. Y si atendemos a lo que la prensa cubrió en esos días (¡hasta el pedido de que se lo censurara!) sólo podemos pensar en un golpe de efecto: las obras de Gil Vicente ya tienen varios años, ya fueron exhibidas, antes de este estelar lugar que ocupan en la Bienal.

Mariano Dal Verme
Dibujos

Las formas que Mariano Dal Verme plasma con grafitos y papel tienen un equilibro delicado. Las luces y las sobras, los volúmenes, la perspectiva. Pero es un equilibrio que, en su belleza, engaña al ojo. Porque hablan, también, de la fragilidad. Son un instante, si es que el instante puede pensarse como una abstracción. Ese instante en el que el movimiento encuentra su reposo de una forma bella. Los entramados, las torsiones, los vacíos que la presencia del grafito disimula, las curvas y contracurvas, son una apelación a la subjetividad y, aún más, a la singularidad de quien las mira.


Dos años sin Dumont
por Horacio Garcete

Repasar la trayectoria cinematográfica de Ulises Dumont (1) desde su vastedad y riqueza es un trabajo arduo, la de un artista en quien se reconoce ante todo a un  trabajador de la escena desdeñoso del divismo. Una carrera, rica y vasta, consustanciada con su medio y con su tiempo.

Según lo admitido por el propio Dumont, desde muy joven decidió el sentido de su profesión: “[pensando] en la gente, el público, el espectador nacional, descubrí que no necesitaban un Tom Smith sino un Juan Pérez, que caminara al lado de ellos, que los reflejara en su cotidianeidad, para poder mirarse al espejo. Eso es lo que elegí. Como actor, elegí hacer de argentino, tratar de acercarme a lo que soy(2).

Así, mediante un estilo interpretativo personal e inconfundible, aparece como uno de los intérpretes inevitables –sino el denominador común– de la rica producción cinematográfica propuesta a partir de los años del ocaso de la última dictadura militar.

Aunque desaprovechado en sus primeros trabajos (La gran ruta, Autocine mon amour y Quiero besarlo, señor) desde la explotación de su costado comediante nacido de su apariencia –una vez más, según Ulises(3)– alejada de los cánones de la belleza comercial; Sergio Renán en Crecer de golpe (1976) y Adolfo Aristarain en La parte del león (1978) lo harán jugar sus primeros trabajos interesantes.

En La parte del león, uno de los policiales más importantes del cine argentino, disonante con el panorama gris determinado por la represión cultural llevada a cabo por la dictadura militar, a cargo de Miguel Paulino Tato en ese terreno, (con quien Dumont hará justicia veinte años más tarde), se destaca en el papel de Larsen torpe segundón del Nene Carrizo (Julio Chávez) líder de la banda que daría un millonario golpe a una financiera, cuyo botín caería accidentalmente en manos de Bruno Di Toro, perdedor impenitente (a cargo de un Julio De Grazia excepcional). Poco tiempo después, Aristarain lo convoca para otros dos policiales de factura similar: Tiempo de revancha (1981), en la piel de Bruno Di Toro, autor intelectual de un ingenioso ardid en perjuicio de una minera internacional que usufructuará su amigo Pedro Bengoa (Federico Luppi), con el patrocinio letrado del Dr. Larsen (De Grazia ofrece una vez más una composición soberbia) y Últimos días de la víctima (1982), con guión de José P. Feinmann, en la piel de El Gato torvo proveedor de armamento –y otros menesteres– al sicario jugado por Federico Luppi(4).

Transita el relato los años más intensos en la trayectoria de Dumont, consolidado ya como uno de los grandes intérpretes del cine producido entonces, lapso durante el cual es convocado por Héctor Olivera para la composición del inolvidable Cerviño, piloto de la avioneta Torito, que cumplirá un rol decisivo en la batalla absurda y cruel que relata No habrá más penas ni olvido (1983), sobre la novela de Osvaldo Soriano. En la saga de la tragedia que Soriano finca en Colonia Vela, jugará Dumont el papel de Mingo en la injustamente desdeñada Cuarteles de invierno (1984) de Lautaro Murúa.

Llegados a este punto, corresponde aludir a los tres protagónicos que interpretó en sendos trabajos de Eduardo Calcagno: Los enemigos (1983), Te amo (1986) y El censor (1995), paródica esta última de los crímenes perpetrados por Tato al frente del siniestro Ente de Calificación Cinematográfica durante la dictadura. Algo desparejas las dos últimas, en Los enemigos –sin dejar de lado la faceta freak de sus criaturas– compone Dumont a un atormentado Coria, propietario de una funeraria, hostigado por todo el mundo, en especial por su madre (Nelly Prono, en la mejor performance de su carrera) fatalmente seducida por una joven y desinhibida pareja vecina al oscuro caserón habitado por madre e hijo. Metáfora, eficaz advertencia de las acechanzas que deberían enfrentar las libertades incipientes en la Buenos Aires autoritaria de 1983.

Tres producciones ulteriores, por la jerarquía de las actuaciones de Dumont deben ser consideradas: el productor súfrelo–todo víctima de los delirios de un joven director de cine (Julio Chávez) en La película de Rey de Carlos Sorín (1987) y la composición de Emilio, Jauretche de barrio que enfrenta a trabucazo limpio a los criminales de Estado que van a secuestrarlo a su casa, en Sur de Fernando Solanas (1988), composición que debe contarse entre lo mejor que se ha ofrecido desde el cine de nuestro país.

Por fin, en 2001, con producción de José Martínez Suárez y dirección de Rodrigo Grande se estrena la soberbia Rosarigasinos, thriller inverosímil jugado por dos asaltantes pasados de edad: Alberto ‘Tito’ Saravia, Federico Luppi y Castor a cargo de Ulises, quienes salen de la cárcel tras algunas décadas a la sombra, prestos a recuperar (con cantada suerte esquiva) el botín escondido del atraco que los llevara a la cárcel por tantos años. La escena jugada entre los protagonistas en la mesa del bar de un pueblo perdido en presencia de Ramoncito Fernández (Saúl Jarlip) supera la excelencia de la producción.

Mucho Dumont queda en el tintero, pero se impone el cierre. Por caso, según se informa en un sitio especializado(5) intervino en 82 películas, siete de las cuales se encuentran al mes de octubre de 2010 en etapa de post–producción. Alternativa que nos permitirá jugar, durante los meses que vienen, con la fantasía de pensar que todavía tenemos entre nosotros al grande, querido, talentoso y tantas otras cosas más Ulises Dumont.


(1) La nota que se presenta a los lectores propone un repaso ceñido a la trayectoria cinematográfica de Dumont. Por tanto, se advierte acerca del análisis parcial que sigue sobre su producción artística integral. Tales parámetros –si no justifican– explican la omisión de su relevante y destacado rol en la escena teatral porteña de fines del siglo pasado.
(2) Entrevista publicada en: http://gauchomalo.com.ar
(3) Véase: http://visionesdecultura.blogspot.com/2008/11/ulises–dumont–adios–un–gigante–del–cine.html.
(4) Como se advierte, ha sido una constante en Aristarain el empleo de la homonimia en la designación de sus personajes.
(5) http://cinenacional.com/personas/index.php?persona=5301

Daniel Duche
Ilustraciones

No es frecuente encontrar un dibujo, una ilustración, en el sentido narrativo del término, que haga centro en el humor, el desborde, lo heterogéneo y que, a su vez, nos deje hacer una lectura global sin dudar de que quien está detrás de los trazos es el mismo artista. Desde el humor negro del primer dibujo al último de un humor más refinado, tomando lo político como ícono y devolviendolo transformado por el signo de los tiempos, Daniel Duche logra lo infrecuente. En su camino se entrecruzan monos feroces, aviadores, niños buceando, conejos psicóticos y una galería de personajes que, en su frescura, se inscriben en algunas de las mejores tradiciones del cómic.


Proyecto Vestuarios | Javier Daulte
por Ivana Szerman & Agustina Colombo

Personajes acostumbrados a perder llegaron a la final del campeonato de Lacrosse, desconocido deporte que Javier Daulte eligió para desvincular totalmente esta obra del futbol, y hablar sobre el deporte y la competencia. No sólo sobre la competencia. Habla sobre la guerra. Una guerra interna entre las mujeres, por el liderazgo. Una guerra externa en el Vestuario de Hombres, donde el enemigo es el país que los recibe para jugar la final.

La cuestión sobre el éxito se hace presente. “Hay que saber bancárselo”, dice Iris, una de las habitantes del Vestuario de Mujeres, que forma parte del Proyecto Vestuarios de Javier Daulte. Como en todos los grupos, cada integrante tiene un rol definido que determina la dinámica que tomarán. Personajes despreciables interactúan con otros de mayor nobleza, para culminar siempre en una injusticia. La sonrisa se convierte en mueca y lo que parecían peleas de niños se transforman en batallas en las cuales un inocente siempre va a perder.

En estos vestuarios se es parte de un público que es más público que nunca, iluminado y a la vista de los 10 actores que conforman cada obra, y que exponen la totalidad de sus cuerpos frente a tantos extraños. Se hace más explícito el voyeurismo típico del espectador teatral, a la vez que deja a la vista de los actores sus reacciones. En palabras del director, un vestuario tiene de por sí algo violento: la mezcla de lo público y lo privado, por eso resultaba más interesante la proximidad.

El Proyecto Vestuarios está conformado por dos obras distintas con un mismo concepto que pueden verse sucesivamente o con una distancia de un día o varias semanas en Espacio Callejón, pequeño teatro de Almagro. Dos vestuarios, dos dimensiones paralelas de una misma historia. Una historia que son dos. Dos historias que son una. Dos vestuarios y sus habitantes. Sus enfrentamientos, su solidaridad y el dolor.

IS & AC: Las dos obras hablan de dirigir un equipo y sus dificultades. ¿Hay algo de tu experiencia en eso?
Javier Daulte: Seguramente. Nunca lo había pensado. Yo creo que dirigir un espectáculo, como conducir un equipo, ser padre, son todas cosas equivalentes y uno las tiene muy incorporadas. Quizá por eso no lo había pensado. No tengo ninguna identificación con ninguno de los DT de los equipos, que son muy diferentes entre sí. Quizás en el caso de las mujeres pareciera que se la respeta a Sonia pero en cuanto da la espalda la cuestionan muchísimo. Y en el caso de los hombres pareciera que le pueden decir cualquier cosa a Bocha en la cara pero lo respetan.

IS & AC: ¿Cómo interactuaban en los ensayos ambos elencos?
Javier Daulte: Yo trabajaba unas horas con un elenco y después venía el otro. Y cada tanto pasábamos lo que ya estaba ensayado. Entonces un elenco veía el trabajo del otro, cosa que no hacía en los ensayos regulares. Era una intriga para todos porque no sabían de qué se trataba la otra obra. Es un elenco único para dos obras diferentes, entonces hay una relación bastante particular porque comparten un proyecto pero no comparten la función.

IS & AC: En Vestuarios el público está iluminado, los actores están desnudos y ven que los ven. ¿Cómo lo manejaron?
Javier Daulte: Mi idea era trabajarlo con mucha tranquilidad. El elemento inspirador inicial tenía mucho que ver con estar espiando de forma tan grosera algo como es la intimidad de un vestuario. Y como un vestuario tiene de por sí algo violento que es esta mezcla de lo público y lo privado, me parecía que era más interesante la proximidad. Yo desde el inicio sabía que iba a haber duchas, desnudos, y es la primera vez en mi carrera que lo hago. Mi idea era que lo que esté pasando en la escena sea tan potente que el desnudo quede totalmente eclipsado. Y aunque todos lo sabían de antemano, lograr ese comportamiento al principio no fue un trabajo fácil. Ese efecto es el desafío, que no incomode, que no resulte molesto y que no resulte innecesario. Yo podría haber ocultado las duchas, pero me sentiría un poco estafado como espectador. Si vamos a ver vestuarios, vamos a ver vestuarios. Como yo desconozco el funcionamiento del vestuario femenino también me costó más esa zona. En el vestuario de mujeres hay una cortina transparente, que no tapa nada, pero la idea era decir que las mujeres tienen algo que es un poco más recatado. 

IS & AC: ¿Cuándo dijiste “la obra está terminada”?
Javier Daulte: Nuestra idea era que íbamos a estar trabajando y en algún momento las obras iban a estar terminadas e íbamos a empezar a traer gente. Pero no nos planteamos un estreno como tal. Yo creo que los espectáculos están encontrando su punto en este momento. Son menos fáciles de lo que parecen, porque hay una cuestión de cómo está compensado el tema de lo coral con lo individual. Y, sobre todo, generar la ilusión de que acá hubo un partido. Si eso ocurre creo que el espectáculo está logrado.

Sin retorno | Miguel Cohan
por Horacio Garcete

En su primera producción Miguel Cohan, en tanto director y guionista, propone un filme que ante todo cuestiona el sentido de la justicia en  nuestra sociedad, en rigor, el rol de los tribunales y muy especialmente el lugar que los medios de comunicación confieren a las “víctimas” de la violencia urbana, particularidad que admite por sí sola el elogio, al haber estado su producción a cargo de Telefé.

El conflicto, presentado al inicio, nace del cruce de tres historias, encarnadas por emergentes de procedencia social diferenciada dentro del segmento de la clase media, unidas por un incidente trágico, cuya confluencia llegará durante una de las escenas finales. Concomitantemente se plantean conflictos inter generacionales: desde el mandato de ocultamiento, aviesamente propuesto como un acompañamiento solidario por los padres de un adolescente en crisis, hasta la distancia –y el rechazo– que se sugiere entre la víctima –una de ellas, en rigor– del relato (un joven empleado de una casa de tatuajes) y su padre anciano.

No obstante la honestidad intelectual de Cohan, la línea argumental deja algún cabo suelto en algunas de sus vertientes. Por caso, el relato se desarrolla en derredor de un proceso penal, presentándose a los actores –un juez que duda, una fiscal que maltrata a la policía, los testigos que declaran a pedido del padre del joven muerto, la incidencia de los medios de comunicación– y se anticipa la realización de un juicio oral del cual nada veremos, salvo la lectura del veredicto. Si bien debemos agradecerle al director que nos haya ahorrado clichés caricaturescos del proceso penal (que gobiernan la indefinible: Carlos Monzón. El segundo juicio de 1996), contrasta en este punto, con la reciente, multipremiada y, por eso, demasiado presente: “El secreto de sus ojos”, que aborda el punto con rigor y eficacia en el tono dramático.

Observaciones que, sin embargo, no desmerecen a una película de muy buena factura, cimentada en el guión y, desde ya, en las actuaciones de los protagonistas: Martín Slipak (el adolescente atormentado), Federico Luppi (aunque siempre sea un placer para quien escribe, verlo en pantalla, actúa con credibilidad al padre vindicador de su hijo muerto) y Leonardo Sbaraglia, quien juega (mediante una sensibilidad asordinada que propone desde cierta inexpresividad, que ya es una marca en el actor) el personaje más complejo, con resultado óptimo.

El reparto se integra por figuras importantes a quienes el director sabe aprovechar –en contraste con la saturación de ciertas producciones que amontonan celebridades sin ton ni son–: Luis Machín, Arturo Goetz y, en especial, la (siempre) brillante Ana Celentano. Debo resaltar también el trabajo de Felipe Villanueva, quien viene a ratificar las expectativas que cifrara a partir de su desempeño en la reciente Rompecabeza”.

Sin retorno refleja una historia bien articulada y mejor actuada, a la vez que advierte acerca de las implicancias de los ajusticiamientos mediáticos y sus consecuencias siempre, irreparables.

Breves sobre tablas
por Verónica Miramontes & Hernán Belardi

Un hueco | Juan Pablo Gómez
El teatro una vez más se hace un lugar, en este caso en el Club Estrellas de Maldonado del barrio de Palermo. Encuentra un hueco donde meterse a jugar a la vida. Despliega sin mucha parafernalia escenográfica las reglas del juego teatral no solo volviéndolo interesante, sino que también veremos allí a 3 actores que, más allá del resultado que obtengan, actúan poniendo toda la carne al asador y eso emociona más allá de la obra que veamos. Tres hombres en un vestuario. El mundo y los mitos que se arman alrededor de un club social y deportivo del interior. Un día en una situación bastante triste que deja un hueco en este grupo de amigos, un vacío que dará lugar a la angustia, a las bromas, a los recuerdos, a recuperar por un rato algún ritual que los une y sobre todo deja lugar a la posibilidad de preguntarse… Tres actores trabajando a la par de un dramaturgo y director que sabe hacer con el teatro, que arma una dinámica y la sabe dirigir, que propone una puesta en escena haciendo uso de un lugar escénico no convencional y logrando instalar allí un hecho teatral. V.M.
Estrella de Maldonado | Av. Juan B. Justo 1439 | CABA | Sábados 21.30 hs. - Domingos 20:00 y 21:30 hs. | Sólo con reservas al 15.5708.5927

 

UnosDos | Jose Mehrez & Carolina Tejeda
Dos tratando de acompañarse por momentos, de hacerse la vida un poco más fácil, dos desencontrados aun queriendo vivir, buscando los modos, con un ojo tan agudo de la cotidianeidad que a veces nos descubre en el límite de lo risible y lo nefasto.
Un placer ver a Carolina Tejeda una vez más actuando, tan sutil, tan en ese aquí y ahora, con una tranquilidad que potencia su estar en escena junto a su compañero José Mehrez tan a la altura de ella. Ambos con la difícil tarea de enunciar sus textos con un decir cotidiano sin dejar de ser un decir teatral, a veces superponiendo parlamento y a veces dejando lugar al silencio donde toma más fuerza la palabra no dicha. Cada uno creando un pequeño mundo, un pequeño sistema que los organiza, que los sostiene separados y aun así sin poder dejar de estar unidos, dando cuenta de que si se reencontraran quizás dejarían de estar juntos/pegados revalorizando el hecho de que el mejor modo de ser dos es por la suma de uno más uno. Una puesta en escena que da placer ver y cuya escenografía acompaña a dos grandes actores jugando a ser adultos en la búsqueda con todos los desencuentros que eso implica. Y a lo mejor se encuentren, a lo mejor no. V.M.
Teatro del Abasto | Humahuaca 3549 | CABA | Lunes 21.00 hs.

 

La música | Maribé Lancioni
Una noche, en un cuarto de hotel, una pareja (Gloria Gamallo y José Sánchez Mon) le pone un punto final a su historia de amor. Dos años después de la separación, se citan por última vez, para conversar: inevitablemente, vuelven sobre aquella historia, hablan de sus dudas, exhiben sus miedos, insisten en explorar las causas de la ruptura. Anécdotas, recuerdos y dolores aparecen en distintos momentos del extenso diálogo en el que se sostiene el texto de la obra; en el que una caja de música abre el juego de recuerdos y momentos compartidos. En un momento de la noche en la que transcurre el reencuentro, entran en escena los amantes de ambos (María Zabaleta y Daniel  Volonté) generando momentos de duda y tensión. Una interesante puesta en escena de una de las más ricas obras de Marguerite Duras, que tan bien refleja el interés de la escritora francesa por las relaciones de pareja y el amor. H.B.
Patio de actores | Lerma 568 | CABA


Hija de Aka Yaraa | David Rubistein
Camping, carpas, costa del río, noche, mochileros jóvenes y felices, parejas buscando encontrarse, un ser mitológico, lugareños misteriosos… Esos son los condimentos esenciales de esta obra que comienza en la costa de un río, en el litoral argentino. Dos lugareños son obligados a tener bajo su cuidado a La Ichi, la hija del mitológico Aka Yaraa. La pareja espera, a cambio, sacar un buen rédito conómico y hacerse de un porvenir venturoso. Pero esa noche, La Ichi está fuera de sí: agresiva, caprichosa e incontrolable para sus tutores, es capaz de llegar a límites insospechados. Con detalles de puesta en escena, como los sonidos en off de la noche a la vera del río o las imágenes de los personajes, reflejadas como una suerte de sombras chinescas dentro de las carpas, logran un clima; un acierto del director para darle un valor agregado a una obra sencilla y entretenida. H.B.
El Camarín de la Musas | Mario Bravo 960 | CABA | Viernes a las 20:00 hs.