Louis-Ferdinand Céline
Escritos
Diana Wechsler | Entrevista
por Javier Martínez
Clásica y Moderna. La elección del sitio con ese nombre parece mucho más que una mera casualidad. Allí entrevistamos a Diana Wechsler, historiadora del arte, curadora y alma mater de la maestría de curaduría en la UNTREF. Un recorrido por su trayectoria, sus muestras, su modo de trabajo, su formación y su posición frente al arte, a la historia y a las lecturas posibibles: aquellas que entraman los más diversos formatos de la plástica con el devenir del tiempo histórico, el vacío y el infinito.

La mano que recita: Nadia Prado
por Viviana Abnur
Para recorrer un camino desde su origen, o hacer dedo en la ruta y dejarse llevar; para entregarse a la inquietud del sueño y del deseo, pájaros y peces se dan cita, y oscuridades también, cada tanto, ahí, donde el cuerpo reina, la carne.
La que invita al viaje es Nadia Prado, chilena, nacida en Santiago en 1966. Autora de "Simples placeres" (1992), "Carnal" (1998), Un origen donde podría sostenerse el curso de las aguas (2010).
Docente, periodista, ha recibido entre otros, el Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura, la Beca Fundación Andes (2005) y la Beca FONDART-Artes Integradas.
Acerca de la poesía a dicho: Las palabras están allí, aquí, allá, por todos lados, brincando y cayendo, sembrándose. Están siendo enterradas y exhumadas. En fin, es la posibilidad que nos dan las palabras de no morir a ciegas. Ver: http://www.letras.s5.com/
De Carnal y Un origen donde podría sostenerse el curso de las aguas, estos poemas que comparto. ¡Que los disfruten!
Consecuencias | Penelope Livelypor Andrea Barone
En un buen debut de Manantial Narrativas, una interesante historia, una trama urdida a partir de un azaroso encuentro de dos jóvenes Matt y Lorna, en un parque Londinense; él, dibujando patos; ella, llorando que deviene una bella historia de amor. Encuentro entre dos sujetos que se va construyendo y entretejiendo en el texto y en la vida a medida que se va relatando también las familias de origen de cada uno, sus disímiles infancias y la casi siempre extranjería de ella en su propia casa. Así se inicia lo que será el resto de sus vidas, sin estridencias y con algunas certezas orientadoras, entrecruzándose su historia con una pintura de vidas de campo y de ciudad, de Hitler desde un periódico metiéndose de a poco en la cotidianeidad, de guerras, nacimientos y muertes, de emprendimientos artísticos y editoriales, de amistades.
Y es en ese movimiento que el relato va tejiendo la historia de tres generaciones de mujeres, hija, madre y abuela, por nombrarlas desde una de las últimas en aparecer en la historia; ella, madre a su vez, ya en estas épocas, luego de siete décadas y con pequeños ya claramente atravesados por otras cosas desde productos tecnológicos, sopas congeladas hasta vecinos indios y también por las mismas, un linaje. Con una prosa liviana, despojada y con el peso de las palabras precisas que van urdiendo una excelente y atrapante trama, con riqueza, atravesada por libros y bibliotecas, por lo que se quiebra, se rompe, parte, las partidas y el arte.
Exposiciones en varios sentidos, lugares que se dejan a veces sombríamente, obligadamente por alguna contingencia y en la desolación de la tristeza, que aturde y atraviesa, dejando a los sujetos sin poder operar. Otros que se dejan a sabiendas del alivio, con ganas y expectativas, de lo nuevo, de lo que vendrá. Lugares también que se eligen, se toman, se apropian a veces de un modo imborrable, elecciones fuertes, jugadas, que van armando la vida de estas mujeres, Molly y Ruth, los otros personajes femeninos en algún momento niñas, atravesándose, entrecruzándose, sosteniendo una traza, una marca, de ese primer encuentro, cada una, a su modo, sosteniendo, sorprendidas y sorprendentes, alejadas de ideales, entonces también por eso interesantes historias de amor.Manantial | 2011
Un amor | Dino Buzzatipor Lionel Klimkiewicz
Esta novela de Dino Buzzati tiene una historia aparentemente simple y no muy original: trata sobre un hombre de cincuenta años, artista, de buen pasar económico, que frecuenta burdeles de alto nivel. Su hábito de pagar partía de un argumento contundente por veinte mil liras, por menos incluso, tenía al instante, sin dificultad ni peligro algunos, chicas estupendas que en la vida habitual, fuera del juego, habrían costado cantidad de tiempo, fatigas, dinero y que, además, a la hora de la verdad, podían dejarle a uno plantado.¡Mientras que allí! Un telefonazo, un breve recorrido en coche, seis pisos de ascensor y listo: la ninfita estaba ya quitándose el sostén y sonriendo.
Un buen día, Antonio -así se llama el personaje- se da cuenta que está enamorado de una de estas ninfitas que frecuentaba. Comienza a buscarla, se obsesiona, se somete a situaciones que lo rebajan como hombre por ella. El la quería por sí misma, por lo que representaba de hembra, de capricho, de juventud, autenticidad popular, picardía, desvergüenza, descaro, libertad, misterio. Era el símbolo de un mundo plebeyo, nocturno, alegre, vicioso, perversamente intrépido y seguro de sí que fermentaba con la vida insaciable en torno al tedio y a la respetabilidad de los burgueses.
¿Por qué un hombre ya adulto, con una vida tranquila, acomodada, segura, sin sobresaltos, reconocido en su trabajo, al que muchas mujeres se acercarían, se termina enamorando hasta el absurdo justo de aquella jovencita que lo lleva a la ruina?¿Qué lugar viene a ocupar el amor en esta historia?
Dino Buzzati, que es un gran escritor, lleva esta pregunta hasta sus últimas consecuencias, y la responde en las páginas finales de esta novela que llamó Un amor, un título simple, para una historia simple, pero tremendamente profunda. Por supuesto que Un amor no es El amor, pero este que aquí irrumpe en la vida del personaje puede hacernos pensar en todos los amores.
Gadir Editorial | 2007
El señor de la luz | Maurice Renard
Una de las buenas cosas que suceden en el mundo editorial argentino es la aparición de sellos que apuestan a las traducciones locales. En esta oportunidad es El señor de la luz, de Maurice Renard, editado por La Bestia Equilátera y traducido por César Aira. Si algo sucede al leerlo es sentirse cómodamente leyendo a Renard; lo que pone en evidencia el muy buen trabajo de Aira en tanto no se notan las inevitables costuras de la traducción.
En la novela de Renard confluyen la fantasmagoria, la ciencia ficción, el policial, la novela política, la novela amorosa, la intriga, el suspenso, los giros inesperados, las conclusiones sostenidas en detalles supefluos sobre los que la mirada del lector no se posó porque su autor no quiso que se pose, la novela de aventuras, la tragedia clásica. Contemporánea del crack de la Bolsa estadounidense de 1929, El señor de la luz narra un momento en la vida de Charles Christiani, joven historiador perteneciente a una familia de corsos enfrentado con los Ortofieri, al mejor estilo Montescos y Capuletos. Como es de esperar, conoce a Rita, una bella joven de la familia enemiga, prometida a uno de esos amigos que, nada profundamente, se enredan en la vida de un sujeto. A partir de allí, el flashazo amoroso, se entrama con lo que deviene descubrimiento a partir de un llamado de socorro de los viejos empleados de un castillo familiar. Los dos ancianos a cargo de la casa de campo aducen la presencia de un fantasma que altera vastos años de tranquilidad.
Con una narración que fluye y salta de un registro a otro, el hábil Maurice Renard teje una trama que se mueve por el tiempo con una soltura atrapante. Con un humor sutil y casi transparente, con una tensión dramática que por momentos tensa la cuerda del relato, con unos trazos poéticos que sacuden la fluidez del texto para enriquecerlo, el francés puso en acción un mecanismo ficcional que lleva a los lectores por unas geografía ecléctica y frecuentemente cambiante, una sala de espejos en la que las responsabilidades de los protagonistas se multiplican y desaparecen y vuelven, fragmentarias, para armar un todo que nos deja con el sabor dulce de un tiempo bien leido.
La Bestia Equilátera | 2011
Andrés Caicedo: el atravesado de Calipor Martín Jali
1 El boom Caicedo estalló hace algunos años y el jovencísimo escritor colombiano se convirtió en la star mitológica de la literatura urbana y vitalista latinoamericana. El boca en boca y la edición en nuestro país de todas sus obras por Editorial Norma, a finales del 2008, fueron el puntapié inicial. También influyó el trabajo fino de escritores más o menos consagrados y muy disímiles uno del otro como Juan Villoro, Alberto Fuguet, Washington Cucurto (cuya narrativa recupera tonos, ritmos y el frenesí de la obra de Caicedo) o Fabián Casas, quienes, desde suplementos literarios, presentaciones, revistas y prólogos, colocaron a Caicedo dentro de la autopista literaria de nuestro campo cultural, le dieron visibilidad, diagramaron una tradición y crearon un público lector a medida del colombiano. La construcción de un público o, si se quiere, de un lector modelo no es poca cosa, más si se tiene en cuenta que la obra de Caicedo, producida durante los feroces años ´70 en el contexto del post boom de la literatura latinoamericana, más que leída de manera errónea, sufrió el ninguneo y luego cayó, como el autor, en la evanescencia, el olvido y la muerte. Más tarde su obra fue recuperada, primero por los escritores colombianos de los noventa, luego, como vemos, por escritores argentinos (Casas, Cucurto), mexicanos (Villoro) y chilenos (Fuguet)
2 Unos años después llegaron otros productos, especialmente fílmicos (Caicedo, por otra parte, era un voraz cinéfilo), como el documental que se presentó en la edición del Bafici del 2009. Ese mismo año, en el marco del festival, Alberto Fuguet aprovechó para presentar la biografía del propio Caicedo Mi cuerpo es una celda) y participar en la mesa redonda Cine, drogas, salsa & rock and roll. Para el que no ha leído nada de la obra del atravesado de Cali, el nombre de la mesa redonda es más que elocuente. Ahora bien, en esta última edición del Bafici se presentaron dos nuevos documentales: Un ángel del pantano que profundiza en la figura de Guillermo Lemos, uno de los compadres de Caicedo en el movimiento colombiano de los setenta y la excelente Noche sin fortuna que cierra con la lectura de la carta final que Caicedo le dejó a su novia antes de quitarse la vida.
3 Siguiendo los principios punkis, Caicedo murió joven a los 25 años y dejó tras de sí un gran baúl con toda su obra. En vida Caicedo solo publicó un relato, El atravesado, el cual pagó su madre (cuento que también integró, hace algunos años, la colección de narrativa de Eloisa Cartonera) y ¡Que viva la música! su novela más lograda, que salió de la imprenta una semana antes de que Caicedo se quitara la vida con sesenta pastillas de seconal. Ahora bien: ¿Por qué fascina tanto un suicida? ¿Qué se necesita para construir un mito? Belleza, juventud, misterio y una muerte prematura. Si es trágica, mucho mejor. Todo esto tenía Caicedo, además de talento. Como sea, el tiempo pasó y Caicedo se convirtió en una figura sumamente contemporánea y en una de las puntas que inauguró el mítico revival de la literatura urbana. La ciudad de Cali marca el ritmo vertiginoso de la estética de Caicedo pero también de su vida: 25 años le bastaron para dejar incontables novelas, obras de teatro, cartas, críticas de cine y cuentos. El vértigo y las ansias por escribir y dejar obra son solo comparables con la vorágine vital en la que vivía: fundó revistas (Ojo al cine), dirigió pelis, obras de teatro, escribió guiones que intentó vender en Hollywood y, especialmente, potenció con su presencia y su juventud la escena cultural colombiana.
4 Caicedo también es un producto cultural exótico y, por eso, sumamente atractivo: su obra se presenta inevitablemente revestida del brillo de su locura, su juventud, su belleza andrógina, y, por supuesto, el suicidio. Alberto Fuguet lo describe así: Es una suerte de Kurt Cobain literario y cinéfilo, con algo de un Cesare Pavese salsero, capaz de unir a los fans de André Bazin con los de Bob Dylan. Desde ya, para Fuguet, lo que equipara a Caicedo con Kurt Cobain y Pavese es el suicidio y no mucho más: Andrés a los 25, Cobain a los 27 y Pavese a los 42. Quizás, también, las drogas. De Cobain no hay mucho para agregar, de Caicedo, las drogas que atraviesan ¡Que viva la música! son un complemento de la rumba y del vitalismo juvenil pero también denotan la entrada de productos de la cultura del rock inglés a Colombia: Valium 10, Ritalina, Mandrax, Mequelon, Diazepan, Nembutal. Naturalmente el combo es brutal.
5 Es curioso, pero mientras la literatura colombiana se amontonaba detrás de la figura de Gabriel Garcia Márquez y la genealogía de los Buendía, la ciudad, el baile y las drogas copaban a un movimiento juvenil under que crecía en los nichos oscuros de la ciudad de Cali. Andrés Caicedo fue la bomba molotov de una escena que carecía de un genuino movimiento musical e importaba el rock inglés de finales de los sesenta, con los Rolling Stones a la cabeza.
Aquí la música, léase el rock y sus excesos y la rumba colombiana, la violencia y el alcohol alimentaron el imaginario de una generación. Así, las historias de Caicedo narran las peripecias de jóvenes burgueses o de clase media que salen de sus casas, bailan y se sumergen en una fiesta interminable. Aquí, el velocímetro a mil del estilo de Caicedo, que retoma las sendas de la escritura automática de la narrativa beatnick, se suma a un especial trabajo con las formas coloquiales y la poética callejera: es un laburo de depuración sobre el slang colombiano llevado a su máxima expresión en ¡Que viva la música! Es en esta novela que la literatura de Caicedo alcanza su máximo esplendor: aquí, su prosa brilla. Noche sin fortuna, novela en la que trabajaba al momento de suicidarse, más allá de su carácter incompleto, supone una prosa vertiginosa que carece de la plasticidad oral de su novela anterior. Por eso, un consejo: el que quiera sumergirse en la obra de Caicedo, que empiece con ¡Que viva la música!
6 Así escribe: Uno es una trayectoria que erra tratando de recoger las migajas de lo que un día fueron nuestras fuerzas, dejadas por allí de la manera más vil, quién sabe en dónde, o recomendadas (y nunca volver por ellas) a quien no merecía tenerlas. La música es el labor de un espíritu generoso que (con esfuerzo o no) reúne nuestras fuerzas primitivas y nos la ofrece, no para que las recobremos: para dejarnos constancia de que allí todavía andan, las pobrecitas, y que yo les hago falta. Yo soy la fragmentación. La música es cada uno de estos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante una cosa y pienso en miles. La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas), el sesgo de una falda, de una reja. La música es también, recobrado, el tiempo que yo pierdo
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