INDICE
Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje.
Clarice Lispector
ENEUR_DOSSIER
¬
27
Newsletter

Suscribite a ESTO NO ES UNA REVISTA. Es sólo un click.

Redes
Escritos
 
 
ENEUR Kurt Vonnegut: Desayuno de campeones
por Javier Martínez

Encarar una reseña de Desayuno de campeones tiene tantas aristas como púas un puercoespín. Como en otras oportunidades, Vonnegut se sirve de su escritura para tejer un mundo ficcional único, con la particularidad de haber escrito un texto que explota de sátira y humor negro; un repaso estrepitoso y fugaz por un recorte de la historia estadounidense que, a modo de ventanal, abre un mundo amplio, sorpresivo construido con elementos tan cotidianos como novedosos. Kurt Vonnegut, el escritor, se sirve de Philboyd Studge, un escritor de novelas de un intenso humor negro, que se sirve de Kilgore Trout, un ignoto escritor de ficción científica cuyas obras, demanda del único mercado al que puede ingresar, son la excusa para la pornografía, la que incluye a presión y bajo demanda del único editor que accede a hacer algo con sus novelas baratas. La novela dentro de la novela, más que como anillo del anillo, opera como un disparador de las más disparatadas y desopilantes escenas literarias. El personaje aparentemente liso y de escasa profundidad que es Kilgore Trout, se entrama con Dwayne Hoover, un desquiciado vendedor de automóviles cuya mujer se ha suicidado bebiendo un destapacañerías y que produce, como produce la sociedad estadounidense a la que dibuja de un modo feroz, un desencadenamiento de una violencia salvaje, inesperada, súbita.

Por fuera de ese núcleo incandescente que trasvasa a la novela que la contiene, el mundo que aún hoy conocemos (Desayuno... fue escrita en 1973) es narrado con una lucidez que no dejará de asombrar a medida que transcurra el relato. Vonnegut no sólo hace uso de la palabra. También hace uso de sus dibujos para orquestar un modo novedoso de describir algo que se ha perdido: los dibujos ilustran objetos, momentos, fragmentos de texto en lo que se explica qué es tal o cual cosa que funcionaba de tal o cual modo en ese mundo de hombres del pasado que somos nosotros mismos; aquel lejano, para el lector al que Philboyd Studge apela. El efecto del dibujo de una bandera estadounidense con un texto que le cuenta al lector la situación extática de la adoración por el símbolo patrio con una introducción que será una letanía ("Se veía así:" y luego el dibujo) se multiplica y se propaga con los camiones de Hertz, un flamenco en una pata, un interruptor de luz y así hasta el final del libro; una ilustración para cada objeto o modo de decir desaparecido de la faz de la Tierra. Un recurso que habla, sin necesidad de declamarlo, de un futuro en el que la organización del mundo humano distará mucho del que conocemos. Un relato de la historia que muta y acaba por arrasar con lo que parecía inamovible, establece colosos de Rodas contemporáneos: aquellas obras, estados u organizaciones que, forjados para sobrevivir al paso del tiempo, han caído ante él; fueron borrados por la cronología. La profundidad de la novela, disfrazada de humor ácido y sencillez en el uso de la lengua, se puede rastrear en el dibujo que, esquemático, muestra cómo eran las pirámides egipcias, las que indefectiblemente serán erosionadas hasta su último palmo alguna vez, en algún tiempo. Allí, en ese borde del tiempo, se ubica este narrador maravilloso que fue Kurt Vonnegut para poner su ojo afilado en todas y cada una de las costuras flojas del sueño americano.

La Bestia Equilátera ¬ 2013