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Mi mejor obra es el arrepentimiento de mi obra.
Enrique Vila-Matas
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La perdición de Alfred Hayes
por Javier Martínez

El párrafo que inaugura Mi perdición, estupenda novela de Alfred Hayes, contiene el nudo central de lo que el texto dice a través de su línea argumental. La desesperada huida de Asher, el arrastrarse, el llegar al límite de salirse de sí, no serán sino para encontrarse con otra forma de la derrota. Si el motivo de la fuga aniquila de un solo golpe sus cimientos morales, sus valores para con el otro al que se elige, lo que encuentra en su nuevo lugar geográfico con una trampa en la que no cesará de caer. Trampa que de artera, en una repetición que invita al lector a anticiparla, transmuta en ridículo. Movimiento que habla de un desfasaje, de la brusquedad con la que suele toparnos lo que, inesperado, queda al desnudo.

Asher huye. Es un exitoso y afortunado guionista de Hollywood sacudido por un descubrimiento que lo expulsó de su propia vida; un instante en el que la vida de un sujeto cambia para siempre; un golpe de volante en un cruce de caminos. Con aullidos contenidos, con el presente desarticulado, llega a la ciudad de Nueva York, en la que pasara su infancia. Con esas mismas heridas expuestas, conoce a Michael, un joven pariente lejano que quiere conocer a su familiar rico y que, completando el menú, quiere ser escritor y pretende que Asher lea sus poemas y le dé su opinión sobre su obra. Como al panorama argumental le falta la tercera en discordia, de la mano de Michael aparece Aurora, una joven italiana, novia/amiga/posesión del candidato a poeta que establece con Asher una relación de una aguda tensión erótica a la par que voltea, una y otra vez, todas sus ilusiones a cascotazos de traición. En el corto plazo, las relaciones quedarán abrochadas, constituidas, y la novela profundiza todos sus hilos, los tensa, los exige al máximo.

Al fin y al cabo, por fuera de lo anecdótico que transcurre en esas relaciones, más allá de las situaciones que los personajes atraviesan y generan y aceptan, la novela de Hayes pone en juego la relación de un hombre maduro con los embates transgresores de la juventud, acto o actuación que pone de manifiesto los bordes morales de una generación. Sea lo que la lectura de los poemas pornográficos de Michael le producen; sean las diarias visitas nocturnas de Aurora a su habitación de hotel; sean la traición y la ilusión; sea la necesidad de creer que aún hay puentes que erigirse entre las orillas generacionales; la brecha entre los valores de Asher y los de la joven pareja parece desaparecer y ahondarse, en un ciclo en el que el borramiento es cada vez más breve y la profundidad cada vez más honda.

La Bestia Equilátera ¬ 2013
Mi perdición: extracto

Me alejé a rastras del arbusto que crecía junto a la ventana y eché a correr. La huida era lo único que me daba seguridad. Si paraba, me pondría a aullar. Sabía que no tenía que parar. Llevaba aquello en las tripas. En mi garganta seca cerrada. Encorvado dolorido acobardado herido de muerte aullaría en la noche. Aterrando aquellas casas. Aquel césped bien cuidado. Aquellos pianos suavemente lustrados. Temblarían las salas. Se encogerían las alfombras. Si paraba. Si en algún momento lo dejaba salir. Aquel animal herido apaleado. Y no lo hice. No aullé. Seguí corriendo. Aún tenía puestas las zapatillas. Y no aullé.

El club estaba cerrado. Manejé hasta casa. El interior estaba oscuro. No paraba de decirme: estás acabado. Has llegado al fin. Quería quedarme quieto en un espacio vacío y juntar las manos de un golpe. Quería arrastrarme. Quería cavar un túnel. Caminar parecía poco natural. Quizá si hubiera andado en cuatro patas no habría sido tan doloroso.