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Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Franz Kafka
ENEUR_DOSSIER
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ENEUR Toque de Queda, de Jesse Ball
por Javier Martínez

Las palabras alrededor de la novela de Jesse Ball tienen una densidad que la novela no tiene en su superficie, en las formas de la lengua en la que narra las vidas de William Drysdale y su hija Molly; pero que sí tiene en sus entrañas, en el contexto donde esas vidas se desarrollan; en lo que se entraman en las relaciones entre los vivos que sobrellevan las pérdidas a las que los somete una dictadura implacable y las desapariciones de los seres queridos de los que nunca nada se sabrá. El entuerto (innecesario) para explicar (lo que no necesita explicación) viene incorporado al libro en la edición de La Bestia Equilátera. El prólogo de Luis Chitarroni propone un mapa con el cual seguir el devenir de Toque de queda; ya no como historia que se narra sino como producto literario, como obra; unas palabras cuyo mayor valor es el de ser un monólogo que se desliza por la intimidad de su lectura. De allí en más, proliferan las comparaciones de Jesse Ball con Kafka, en una danza en la que bailan Shakespeare, Pynchon y Borges, entre otros invitados. De allí se desprende la necesidad de ubicar al autor en el lugar de autor experimental que, gracias a las notas alrededor de ésta, su tercera novela, sabemos que el mismo Ball se ha ocupado de desestimar. En definitiva, la novela habla por sí misma y, apuesto doble contra sencillo, haciéndose un eco particular en cada lector. Esa, probablemente y desde quien escribe, sea su mayor valor por fuera de lo estrictamente narrativo.

Drysdale perdió dos ejes fundamentales de su vida: la música y su mujer. Ambos en manos de una dictadura tan invisible como insensible, tan parecida en sus mecanismos de exterminio a la que azotó Argentina desde 1976 a 1983 que por momentos me preguntaba si su autor no habría tomado algunas formas del terror de nuestra historia política. Una dictadura que extermina, desaparece personas y aniquila en la calle con impunidad; víctimas que mueren y ciudadanos que se corren de la escena para no ser, también, víctimas mortales; sabiéndose otro tipo de víctimas, aquellas que recogerán, si tienen fortuna, el guante deshilachado de una venganza siempre puesta en manos de otros. Sólo su hija, Molly Drysdale, una niña de 8 años tan muda como brillante, lo sostiene sobre la faz del mundo; sólo por ella no termina con un dolor que lo escarba cada día, a cada hora, en cada esquina; un pasado que reactualiza y vuelve como lava de volcán. En supleción de la música que le extirparon, Drysdale escribe epitafios; las notas del violín mutaron en palabras escritas a lápiz; lápices que usa una sola vez porque con ellos se escribe sobre la muerte; una muerte que es contada en pocas palabras más como narración de los sobrevivientes que como descripción objetiva del difunto. En esa realidad, cada día, el toque de queda impone un punto de suspensión de la vida pública, de la libertad; momento en el que el paisaje citadino se convierte en campo de batalla, en un espacio donde la circulación equivale a morir en el intento. Una noche, que no será cualquier noche, Drysdale sale a pesar de la hora límite, a sabiendas, como el lector, de cuáles son sus chances de supervivencia. Esa noche Molly será dada en custodia a una pareja de ancianos, vecinos de los Drysdale, que también han sufrido pérdidas y que, puertas adentro y con las cortinas cerradas, pondrán en escena, mediante una estupendamente narrada obra de títeres, lo que la niña muda dice de su propia historia; mudez que se vuelve una metáfora de la muerte; esa misma que transita cada rincón de esta llana (en apariencia) y fabulosa novela. Después quedará en cada uno de los lectores abordar lo metafórico, dar sentido; una vez que la corriente de las palabras de Jesse Ball haya limpiado del horizonte todo lo que pueda decirse sobre su novela.

La Bestia Equilátera ¬ 2014