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La vida se parece mucho al jazz... Es mejor cuando improvisas.
George Gershwin
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The Invisible Man, de Mark Eitzel

Para quienes han puesto sus oídos en la banda californiana American Music Club, el nombre de Mark Eitzel no significa sino el del líder de una formación musical que probablemente le haya regalado algunos de los mejores momentos hechos de cinta o vinilo. Con una voz cautivante y dúctil en la que ciertas imperfecciones y pops son la marca característica, ha cantado letras de una complejidad poética pocas veces escuchada. Sindicado como uno de los songwriters más influyentes de su generación, en 2001 se tomó el trabajo de sentarse a escribir, producir y ponerle la voz y algunos instrumentos a un disco intimista, de una traza oscura y nostálgica que raya las piedras del folk y al que bien podría caberle el mote de sadcore, acuñado para discos como el de Eitzel en el que pululan lo umbrío, un pulso melódico lento y el destilado de una tristeza que cala el cuerpo. Sin embargo, The Invisible Man es mucho más que eso.

El disco arranca con un tema que lo marcará de largo a largo: “The Boy With The Hammer In The Paper Bag” (“El niño con el martillo en la bolsa de papel”), articulado alrededor de una amenaza que no termina de ser tal; un número freak que interpela al mundo desde una de sus tantas caras oscuras; un reino donde el dolor propio está siendo puesto contra las cuerdas por la falta de dolor de un otro que nos resigna a un lugar de expectación con un “Y… Si eso es lo que quieren…” para afirmarnos que ahí no hay nada. Absolutamente nada. Citando dos películas que pintan el espejo en el que la voz de Eitzel se verá reflejada: Midnight Cowboy (de John Schlesinger; con Jon Voight y Dustin Hoffman), en la que conviven un frustrado cowboy y un estafador tuberculoso, y Bring me the Head of Alfredo García (peliculón de Sam Peckinpah, con Warren Oates e Isela Vega) en la que una venganza familiar implica a un perdedor que transportará la cabeza del desdichado García y perderá lo muy poco que pudo haber tenido.

Ese mundo sombrío es el tejido conjuntivo con el que se forma el cuerpo de un hombre invisible pero con tal consistencia que es difícil que alguien atraviese la docena de temas que lo componen sin haber(se) descubierto (en) un clásico y novedoso modo de escuchar los latidos del mundo que nos toca vivir.

Matador ¬ 2001
To the Sea


Prisiocarceleros

En el año 1966, Horacio Guarany publicó su disco El Corralero, cuyo primer tema era “Coplera del prisionero”, en el que narra las vicisitudes de un detenido que interpela abiertamente a quien lo mantiene en cautiverio. Dos cosas son las que se destacan en el primer fragmento de su lírica: la equiparación de la falta de libertad y el peso del miedo (“Estamos prisioneros, carcelero / Yo de estos torpes barrotes, tú del miedo”) entre el preso y su carcelero. Obviamente, en las sucesivas dictaduras militares Guarany fue perseguido y este tema, junto con algunos otros, le valieron la desaparición de todos sus discos en 1976.

Para quienes años más tarde abordamos ese tema como uno de los intentos de zurcir el agujero de esa tremenda metáfora dictatorial, puede tener una extraña y (no tan) lejana resonancia escuchar el tema “Jailer”, de la franco-nigeriana Aşa, de su disco debut y homónimo. Entre las interesantes coincidencias están las de que ese sea el primer tema del disco; que apele a su carcelero y lo iguale en las condiciones de privación de la libertad (“Estoy encadenada, tú también estás encadenado […] Soy una prisionera, tu eres un prisionero también, Señor Carcelero”); y que, aun en la desigualdad, el miedo sea una de las tantas cosas que los ubican en un mismo registro (“Yo tengo miedo y tú sientes miedo también”).