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ENEUR Plástica: Veronese en la National Art Gallery de Londres

Paolo Caliari, conocido como Paolo Veronese, hijo de un trabajador de las canteras, con quien se inició en las lides del trabajo, trascendió en la pintura con el apellido de su ciudad natal, Verona, uno de los centros políticos y mercantiles de Italia en la segunda mitad del siglo XVI. Allí comenzó a forjar una obra que dio cuenta de la opulencia, la majestuosidad, el brillo de la sociedad de su época, haciendo uso de los más variados tamaños, formatos y técnicas: retablos, retratos, pequeñas piezas devocionales, grandes altares y frescos, con los que adornó palacios, iglesias, edificios públicos y mansiones.

En los años de sus trabajos más tempranos, Veronese aprendió la técnica pictórica con de dos pintores de su ciudad, Antonio Badile y Giovani Caroto, desarrollando un estilo distintivo del de sus maestros, combinando las clásicas composiciones religiosas con una paleta de colores vívidos que se escapaba de los márgenes de lo habitual. Quince años de trabajo en el territorio veronés le bastaron para ser reconocido como uno de los principales artistas de su ciudad. Inquieto, no le bastó con ese reconocimiento y en el decenio entre 1555 y 1565, dio un primer giro a su producción. Si bien en sus pinturas religiosas incluía retratos de quienes les encargaban los cuadros, el retrato no era uno de sus fuertes, en comparación con sus contemporáneos Tintoretto y Tiziano, siendo el estudio de los retratos de este último el que lo lanzó a realizar los suyos propios. Y decir propios no es decir sólo de su mano: sus clientes envueltos en costosas pieles y extravagantes joyas no sólo hablan del esplendor de la aristocracia veronesa sino también, más allá, de sus más profundas ambiciones. Simultáneamente, comienza a recibir encargos de las iglesias de su ciudad; destacándose los postigos con los que se cubrían los órganos, trípticos de una composición en la que sus personajes se escapan de los límites de sus propios marcos, en una apuesta estética muy arriesgada para la pintura de los tramos finales del Renacimiento.

Pero aún faltaban un par de vueltas de tuerca. En los tres lustros que van de 1565 a 1580, la pintura de Veronese estalla de magnificencia y teatralidad, cosa de la que dan cuenta cuadros como El martirologio de San Jorge o Cristo y el Centurión, de grandes dimensiones y un trabajo con las expresiones, los gestos y las sombras que provocan asombro en los espectadores. Sobre el final de esta etapa, Veronese sigue poniendo sus obras al servicio de la Contrarreforma Católica y sus intentos de afirmar la fe católica en contra de la Reforma luterana, siendo La adoración de los Reyes Magos, una exquisita e inmensa pintura al óleo, su carta más fuerte. Ya en los finales de su producción, y volviendo a transitar pasos de Tiziano, pintó una gran cantidad de obras con referencias mitológicas, no exentas de oscuridad estética; moviéndose con destreza dentro de los límites de las virtudes religiosas y el erotismo. Poco a poco, su registro personal se fue borrando en la delegación a dos de sus hijos de la ejecución misma de las pinturas que, en los umbrales de su propia muerte, viraron hacia una paleta más colorida y vibrante; un camino, vaya a saberse si provocado o no, hacia un contacto más cercano con los colores de sus inicios en la pintura.