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Rodar el Apocalipsis
por Federico Delgado

Meteoritos que se estrellan contra la superficie de nuestro planeta, alienígenas con muy malas intenciones, simios súper inteligentes que conquistan la Tierra, un cambio climático triunfante, la tercera guerra mundial (y nuclear), un virus letal, una infertilidad incurable, “algo” que obliga a la gente a suicidarse, una debacle zombi o un monstruo enorme que asola las ciudades. El fin de la humanidad hace que los directores se refocilen imaginando cómo van a rodar el final de nuestros días en lo que ya se asume como un género: el apocalíptico.

No es tan descabellado imaginar un planeta sin humanos. La Agrupación Cornelista, por ejemplo, lo defiende, y también alguna que otra extrema forma de entender el ecologismo. El hombre es el depredador máximo, el mayor enemigo de su propio planeta…, ¿cómo no imaginar un mundo sin semejante ser? O mejor aún, ¿cómo no imaginarse ser uno de los elegidos después de la debacle final, y poder iniciar una nueva vida en un mundo despoblado y salvaje?

El hombre también resulta ser despiadado y cruel con sus propios iguales. Cuando uno observa una película de catástrofes no deja de imaginar si esa minuciosidad en retratar las muertes de nuestros semejantes no encierra un cierto sadismo que todos llevamos dentro. Sea como fuere, vemos a nuestros congéneres sufriendo todo tipo de agonías terribles, presas de calamidades que los convierten en fosfatina en un abrir y cerrar de ojos. Y todo ello aderezado con los últimos avances visuales, en prístino 3D. Todo un compendio de desastres que impulsan al hombre a desarrollar los más bajos instintos para sobrevivir, haciendo bueno el dicho de “no quieras saber hasta dónde eres capaz de sufrir”. O, simplemente, a disfrutar del sublime y último espectáculo, como el personaje que Woody Harrelson en la prescindible 2012, observando cómo se desatan las fuerzas de la naturaleza ante sus propios ojos.

Como todo género que se precie, el del cine apocalíptico tiene sus grandes nombres y su morralla, salvo en el caso de aquellas películas de serie B que por arte de la nostalgia se convierten en objeto de culto. Y valga como muestra La noche de los muertos vivientes, o aquel primitivo Godzilla. Así, se han rodado verdaderas obras maestras del apocalipsis, sea este definitivo o no lo sea (lo que otorga a estos filmes el marchamo de “posapocalípticos”). Fijándonos solo en el cine de los últimos lustros, desde la desoladora La carretera a la inquietante Hijos de los hombres, pasando por Distrito 9, La guerra de los mundos, la enternecedora Wall·E o la loca Zombieland, todas ellas tratan desde muy distintas perspectivas la debacle de la humanidad. Y en todas ellas algunos son los elegidos que consiguen continuar en el mundo después de que este haya sufrido una terrible transformación, a veces provocada por algo tan sutil e inexplicable como se narra en la decepcionante El incidente o en la modesta pero destacable cinta española Fin.

Cine de catástrofes, cine de criaturas, cine de zombis, la ciencia ficción posapocalíptica tiene muchas aristas, pero en todas encontramos el placer de vernos desaparecer. Aunque para ello haya que ir haciendo los monstruos cada vez más salvajes y despiadados… o cada vez más grandes. Hay estudios científicos (basta bucear en la red para encontrarlos) que demuestran la irrealidad y la imposibilidad de hasta qué punto nos ha crecido Godzilla en los últimos años. Los rascacielos van creciendo, claro, y el monstruito que hace seis décadas medía poco más de cincuenta metros ahora sobrepasa con facilidad los doscientos metros, una circunstancia que le obligaría a portar una musculatura en sus patas simplemente imposible de desarrollar. Este fenómeno tiene su término, la “godzillización”, y puede comprobarse en otras obras maestras como La niebla, cuyo monstruo está curiosamente emparentado con otra muestra de este cine mucho más falaz y mediocre, como fue Monstruoso.

Bajo todo este maremágnum subyace una indisimulada obsesión por ver cómo nuestros altos edificios se desmoronan como castillos de naipes. Sabemos que en la mente de los terroristas anida el mismo deseo, pero llevado al extremo más terriblemente real, como pudimos comprobar en el colapso de las Torres Gemelas de Nueva York, tantas veces protagonistas del celuloide. Parece que desear el fin de la humanidad en la ficción nos aleja de la psicopatía, y sin embargo…, ¿por qué nos retorcemos de gozo en nuestras butacas viendo cómo el “pequeño” Godzilla deshace un enorme edificio al apoyarse en él? Para edificar un futuro más hermoso hay primero que derribar el que conocemos. ¿Quién se atreve a negarlo?

Apocalipsis literarios

Si el cine ha sucumbido al fin del mundo en tantas ocasiones, la literatura no le va a la zaga. No hay ficción más deseable para narrar que un mundo en el que, de repente, todo cambia, y ya nada es tal y como lo conocemos. Los autores tienen una especial predilección por cebarse en las distintas formas de sufrimiento humano, y sobre todo en su deshumanización. El fin del mundo acaba de un plumazo con las señas de identidad del hombre civilizado, y lo primero que se pierde es la higiene y la moralidad. La ley desaparece, y es entonces cuando el hombre saca su lado más salvaje. Da lo mismo que sea Stephen King, un especialista en el género, narrando las escenas de La niebla; o Saramago, otro gran fabulador, en su Ensayo sobre la ceguera. Las adaptaciones cinematográficas de obras del género, como la apabullante La carretera de Cormac McCarthy, no desfiguran otras aportaciones de nombres de la talla de Paul Auster en El país de las últimas cosas. El fondo es siempre el mismo: la desolación. ¿Por qué nos atrae tanto?, ¿acaso no nos gusta el mundo en el que vivimos? ¿Por qué queremos destruirlo? Hagámonos estas preguntas.