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Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Franz Kafka
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ENEUR Bajar es lo peor, de Mariana Enríquez
por Martín Jali

Bajar es lo peor fue leída –en unas pocas reseñas– como una novela de realismo sucio. Con los años, algunos críticos, como Elvio Gandolfo, escribieron que tenía elementos de terror moderno. Para mí siempre fue una novela fantástica con noche y drogas. Con el romanticismo de Cumbres borrascosas y la geografía del sur de la ciudad, porque la conocía y, sobre todo, porque por ahí transitan Martín y Alejandra en Sobre héroes y tumbas”.

Esto escribe Mariana Enríquez en el prólogo de la esperada reedición de Bajar es lo peor (Galerna, 2013), la novela que publicó a los 21 años, que escribió algunos años antes y que se agotó muy pronto, promediando los noventa, convirtiéndose así en un libro oscuro e inhallable. Por aquella época, Enríquez era un prodigio oscuro, una novelista jovencísima que abordaba el lumpenaje adolescente previo al estallido del movimiento piquetero de finales del milenio. Una piba extraña, con cabello oscuro, ojeras y reminiscencias a The Cure. Es más, si se trazan líneas verticales, Bajar es lo peor funcionó como antesala para el revuelo que generó Okupas, la serie border por excelencia que dirigió Bruno Stagnaro en el año 2000 y expandió el imaginario trash en Buenos Aires. Pero lo más interesante de Bajar es lo peor y de la propuesta de Enríquez es su lectura, que apena a elementos canónicos del gótico y el Romanticismo, del terror criollo. Y la autora piensa esta línea como continuación de la obra de Ernesto Sábato, ignorado por la crítica literaria y encapsulado en su vertiente humanista y existencialista.

Metamos la pausa, diría Juan Román Riquelme. El terror, entendido como género, se renovó y expandió en los años ochenta a través de la maquinaria Stephen King, a quien Enríquez sin dudas admira. Naturalmente el contexto de Enríquez es otro. Acá, Maine, la clase media yanqui, el college y la telequinesis de Carrie rotaron sobre su propio eje y la cosmogonía americana se trastocó en la atmósfera sociocultural del menemismo. En Bajar es lo peor abundan los chongos sobrenaturalmente hermosos como Facundo, maquillados por el frenesí de las drogas duras –la merca, siempre, como una constelación vital que organiza el tiempo y la dinámica de la novela– que a su vez generan alucinaciones y una psicosis descontrolada, casas tomadas, vampirismo y brujería, chicos borders, sin laburo o sin guita, desclasados, que transitan el paisaje del sur de la ciudad de Buenos Aires, La Boca, San Telmo, con recurrentes derroteros a boliches de Flores.

Es decir: nadie, hasta Enríquez, trabajó el terror como expansión de su propia tradición –americana, acaso también en su cinefilia, y anglosajona– pero contaminada por el universo sociopolítico y el desamparo de los años noventa, con influencias del mejor Sábato y el misticismo gótico. Y, por si fuera poco, le echó la gasolina de su propia intensidad adolescente. Enríquez es puro ímpetu, tan irresistible como Facundo, con la urgencia de quien necesita escribir para sacarse de encima, de una vez por todas, los personajes de la cabeza.

Pero además de Lestat y Louis en Entrevista con el vampiro, la narcolepsia de River Phoenix en Mi mundo privado –un personaje de Bajar es lo peor que confiesa: “Hace quince días que no duermo y creo que no voy a poder dormirme nunca más”– y las esquirlas de la tormentosa relación Verlaine-Rimbaud, todas y cada una de las notas que Enríquez firma para el suplemento Radar, donde es subeditora, conforman una suerte de reality show estético. Enríquez pertenece a ese grupo de escritores con un hardware característico, lleno de obsesiones que se repiten a lo largo de la obra. En enero, por ejemplo, Enríquez escribió sobre Neil Gaiman, el oscuro creador del legendario cómic Sandman, de quien acaba de editarse en Argentina su novela El océano al final del camino. Se trata del héroe de la literatura fantástica actual, con reminiscencias al gótico inglés, las historias de vampiros y fantasmas y con un poderoso ensamble que lo lleva a releer El mago de Oz, Alicia en el país de las maravillas, la mitología del infierno y al propio Rudyard Kipling (El libro del cementerio reescribe, en clave demoniaca, El libro de la selva). Una semana después, Enríquez posó el ojo en el andrógino Jared Leto: ganador del Oscar, protagonista de Réquiem para un sueño y líder de la banda Thirty Seconds to Mars, que en breve estarán tocando en Buenos Aires. Sobre él, escribe: “Con discos producidos por Flood y Steve Lillywhite y tapas diseñadas por Damien Hirst, es un círculo perfecto diseñado por Leto que además dirige los videos –son como de Duran Duran para la era YouTube–, llenos de símbolos ocultistas, imágenes oníricas, referencias a animé y arte pop y muchas, muchas tomas de los ojos de Jared, el cuerpo tallado de Jared, en fin, su insoportable belleza”.

La belleza masculina, donde se cifra el deseo –si es gay, más enérgico y desgarrador– trabaja las bases del amor, para que este funcione como una poderosa síntesis entre lo prohibido, la ensoñación y la cooptación imposible: la hermosura como un forma del mito, que se codea con lo antihumano y, por lo tanto, con una raíz inalcanzable. Pero también se troncha, al fin, con lo cadavérico y lo mortuorio. La belleza obsesiona, el amor enloquece, hay criaturas oscuras que solo buscan sexo. Ante esta constelación, la única sinapsis posible la generan las drogas duras.

Galerna ¬ 2014