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Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Franz Kafka
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ENEUR El Doble, de Fiodor Dostoievski
por Javier Martínez

Cuando en 1846 Fiódor Dostoievski publicó El doble, su segunda novela, tenía en perspectiva que fuera ésta la que le diera un reconocimiento público que la erigiera en una obra maestra. La realidad fue otra muy distinta. Eran épocas en que Nicolás I era el zar de Rusia, quien dejaría una línea sucesoria de Alejandros y cuyo nombre volvería, retomado por Nicolás II, para ser el punto final de una dinastía cuya cabeza rodaría para darle lugar a la revolución bolchevique. Ese futuro no tan lejano de mediados del siglo XIX pondría de manifiesto el cambio violento de una sociedad escindida y fragmentada, desproporcionada en la distribución de sus riquezas; rupturas, vacíos y desdoblamientos que, en un destilado simbólico, se juegan en El doble; y que hoy resultan fácilmente trazables con la historia, ya con todas las fichas sobre el tablero. Y con la sospecha de haber sido un intento de aprovechar el viento de cola que había traído Almas muertas, la estupenda novela de Nicolás Gogol. En 1846, el caldo de cultivo de la revolución comenzaría a espesarse en una sociedad que tenía como norte la sociedad francesa; aquella cuyos salones atraían a lo más granado de la aristocracia rusa, cuyo retrato más límpido es la novela Humo de Iván Turgénev; editada poco después de la segunda y más conocida versión de El doble (1866). Esas dos son las versiones que, separadas en el tiempo por dos décadas, Eterna Cadencia ofrece con traducción, notas y una extensa introducción de Alejandro Ariel González.

La línea argumental parece sencilla, ya que puede resumirse en pocas líneas: Iákov Pétrovich Goliadkin es un empleado de segunda línea de la administración zarista que tiene la fantasía (podría decirse, la esperanza) de desposar a una mujer, hija del máximo jefe de su oficina que, ante una circunstancia de exclusión, que lo ubica como el despojo burocrático que es, se encuentra con otro exactamente igual a él, con mismo nombre y apellido; pero opuesto en carácter, en posibilidades y en consideración de sus superiores. Entre ambos se establece una relación perversa donde se desnudan todas las mugres y las debilidades de un personaje al que Dostoievski se referirá, una y otra vez, como “nuestro héroe”.

A partir del entramado entre ambos personajes iguales, que no idénticos, la sencilla trama no es más que una trampa. La complejidad en el abordaje de la novela se hace cada vez más denso, más inaccesible, para imponerle un sentido de lectura, puesto que lo que se revela, más lo que se oculta, nunca retornará al lector como un resultado lógico, inmutable, constante. La cantidad de preguntas sin respuestas que Alejandro Ariel González pone en juego para encarar de algún modo el texto son, si no prueba de ello, un terreno escarpado y desparejo. Los pensamientos encontrados de Goliadkin, lo que teje y desteje ante cada aparición de su doble, ante cada pensamiento que lo involucra, en cada sueño en el que se cuela, son resquicios por donde una argumentación para ese doble es posible: la esquizofrenia que lo hace ver lo que a los otros les resultaría invisible; la conspiración para deshacerse de un lacayo del sistema cuya fealdad y pobreza no lograron opacar el deseo de una mujer aristocrática cuya mano ha sido dada a otro cuya posición social le va en saga; una ficción de la más pura donde el personaje central se encuentra con el que bien podría haber sido de no ser como es… Y más. Mucho más.

Las dos versiones en un solo volumen juegan con esa duplicidad. Muestran lo que fue la novela en su origen y en lo que devino; una superposición en la que se registran algunos cambios estilísticos y formales; sin cambios estructurales importantes, a no ser por un final, en 1866, que traza una línea directa a la salud mental, con la aparición del médico de cabecera de Goliadkin. Una superposición cuyo valor será mayor para aquellos amantes del detalle, para quienes disfrutan de explorar las vetas más delicadas del estilo. Para nosotros, lectores comunes, es otro modo de abordar la duplicidad; un vaso de agua para la sed de curiosidad que esta edición pone en nuestras manos.

Eterna Cadencia ¬ 2013