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La vida se parece mucho al jazz... Es mejor cuando improvisas.
George Gershwin
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A Letter Home, de Neil Young
por Alejandro Feijóo

A mediados de los años veinte del siglo pasado, un jovencísimo Raúl González Tuñón invitaba a colegas y público en general a echar veinte centavos en la ranura para ver la vida color de rosa. La operación se presentaba bastante sencilla: monedita (quien la tuviera) y a soñar con un mundo excesivo y lujurioso que los alejara de la aspereza de la realidad. El viaje-placebo se efectuaba a través de maquinolas con ranuras que, a cambio de veinte guitas, devolvían imágenes paradisíacas, postales suizas y fotografías de mujeres con los cascos más o menos sueltos. Todo un narcótico para aquellos “marinos alucinados” que llevaban meses alimentando su imaginación a golpe de gaviota.

Casi cien años después, el chico-maravilla del blues rock, Jack White, sigue empeñado en combinar las más estilizadas propuestas estéticas con un homenaje permanente a tiempos y músicos pasados, donde aquello de ser auténtico no era, como hoy, un valor agregado sino una condición. El empeño de White tiene una de sus cotas más altas en la restauración de la Voice-O-Graph, una cabina popularizada en los años cuarenta mediante la cual el usuario podía obtener un registro sonoro en vinilo por apenas unos centavos. Originalmente no eran discos lo que se registraba allí, sino mensajes de voz, por lo cual el artefacto gozaba de gran popularidad entre la muchachada militar destinada lejos de casa. Hasta los años sesenta la Voice-O-Graph gozó de una popularidad que se desmoronó en cuanto comenzaron a extenderse otros sistemas menos aparatosos y de mayor calidad.

No contento con haber restaurado su cabina (su modelo es del año 1947, y se dice que es la más antigua en funcionamiento), White se decidió a usarla. El primero, faltaba más, fue él mismo. El registro del tema “Coal Miner’s Daughter”, de Loretta Lynn, fue el paso inicial que dio pie a un proyecto más grande: invitar a Neil Young a grabar un disco entero. El resultado es este A Letter Home, que incluye once versiones en mono de artistas como Bob Dylan, Bruce Springsteen, The Everly Brothers o Bert Jansch. Acompañado únicamente de guitarra acústica y armónica, Young y la diminuta cabina consiguen un sonido que da vuelta como una media el concepto de vintage para convertirse en “una de las experiencias más low-tech que he tenido”, según declaró el propio músico.

Antes de sugerir su escucha deberíamos desgranar un par de recomendaciones: olvídense del ecualizador, de los graves y de la sensación envolvente del surround. El oyente que se atreve con A Letter Home no escucha un disco: se zambulle en el interior de la pasta de vinilo, se sacude con las frituras e incorpora las impurezas como una planta se traga la luz del sol. La selección de temas no solo acompaña, sino que es asombrosamente pareja. Aun así, es posible encontrar vértices: así como “My Hometown” de Springsteen podría no estar, “Needle Of Death” (Bert Jansch) condensa de manera asombrosa la emoción que destila toda la placa. Porque allí donde estaban la voz aniñada de Jansch y la cadencia rítmica del original, Neil Young nos regala una letanía pagana, una bellísima oda al dolor. Y todo por una monedita. Conviene, porque “con la filosofía poco se goza”.

Third Man Records ¬ 2014
Jack White: Lazaretto
por Alejandro Feijóo

En un número anterior compartíamos asombro y emoción ante la salida de Blunderbuss, el primer disco solista propiamente dicho de Jack White. Quizá fuera por la espera ansiosa, quizá por la inclinación al género, aquel “trabuco” tenía más de lo que de un disco de blues rock puede esperarse: potencia, brillantez compositiva, originalidad y mucha amasada de estilos diversos.

Dos años después, la aparición de Lazaretto nos deja un poco ciegos. La presentación es impecable, sí, y también su producción. Los riffs suenan contundentes y los solos de guitarra de White siguen incrustándose como agujas de hielo en los oídos. Pero quizá porque también para nosotros pasaron dos años, pedimos más. Y lo que se detecta en Lazaretto, aunque sea levemente,es cierta repetición de fórmula. Quizá sea porque a nuestro entender al disco le sobran pianos y coros; quizá porque aquella mixtura de géneros tan presente y la a vez sutil pudo haberse convertido en canciones más planas, más de casillero; quizá, simplemente, porque a este le falten temas como “Freedom at 21”.

Que se nos entienda: que no hayamos encontrado la sorpresa no significa que el disco no se deje escuchar. Y bastante más que eso. En “That Black Bat Licorice”, Jack White dice como nos gusta escucharlo decir, entre el espasmo y la desesperación vital, mientras que entre el ritmo cortante de la canción se dejan oír bellos arreglos de cuerdas. Y el tema que da título al álbum es un buen ejemplo de esas canciones que son más de una canción, y su solo de guitarra bien vale una descarga (legal).

 

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