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El jazz es la única música en la que la misma nota puede tocarse noche tras noche, pero de manera diferente cada vez.
Ornette Cokeman
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Michael Kiwanuka: Love & Hate

Si bien la música de Michael Kiwanuka tiene el suficiente peso estético como para definirse (y bastarse) por sí misma, lo que el londinense expone en su nuevo gran álbum Love & Hate tiene tales entramados que es una comprensible tentación intentar explicarlo por interpósitas personas. Todas ellas con una capacidad estética y artística cuya cercanía al nombre de Kiwanuka dejan en claro que el tipo sabe lo que hace y que lo hace muy bien. Por si esto fuera poco, la expectativa que generó cuatro años atrás con su disco debut, no sólo se vio desbordada sino que también se quebró en el peso de sus suposiciones: no hay retro soul, no hay repetición, no se trata de un producto redondeado.

Nacido en una familia de migrantes ugandeses que escapaban del régimen de Idi Amín Dadá, la pobreza y la escasez de recursos marcaron sus primeros acercamientos a la música. La novedad de una guitarra que le regalaron con esfuerzo hizo que saltara por el aire la imposibilidad de escuchar música en su casa gracias al tocadiscos roto. Y los amigos, los cercanos, los que habitualmente hacen entrar por la ventana aquello que no pasa por la puerta, lo pusieron cara a cara con discos y canciones que dejaron su huella bien marcada. Y que es la que también transita en su segundo álbum de la mano del hacedor de éxitos, el productor Danger Mouse. Propuesta de un decir musical en que se entreveran las voces, la cadencia, la rítmica de los popes del soul.

Pero Kiwanuka no se agota en una reedición, en una relectura. Se expande por sus propios caminos, explora y explota; cala hasta lo más profundo de los huesos del revival para destapar la olla de una sonoridad única, propia y vital que queda expuesta desde el primer track del disco: Cold Little Heart es una apuesta a fondo, con sus casi 10 minutos de duración, incorrecta para el molde de la industria pero tan subyugante que quien quede atrapado en los tentáculos de las primeras notas, no se moverá hasta haber agotado la decena de canciones del disco.

Podría uno ir desgranando tema por tema. Podría uno especular con sus propias conclusiones de lo que ha escuchado. Hasta podría atreverse, sobre la sólida base de lo que Kiwanuka ha grabado, a vaticinar un futuro lleno de reconocimiento que lo yerga como mascarón de proa de los clásicos de esta época. Podría uno tantas cosas que lo mejor y más adecuado, es darle paso a un músico que se juega hasta los tuétanos, componiendo y cantando; dejando a los oídos ajenos las tantas posibilidades que su sensibilidad abre y dispone para ser disfrutadas.

 

I'm a bird now ¬ Antony & the Johnson

Anohni, bautizado Antony Hegarty al momento de su nacimiento, cantante y huella dactilar de Antony & the Johnson, abordó (y aborda) en su obra la complejidad de su elección transgénero. Ese "espacio entre lo masculino y lo femenino" en el que se ubica, según sus palabras, recorre, como espina dorsal, su disco I'm a bird now. Si el efecto de escuchar Hope There's Someone, el track inicial, está en los pliegues del descubrimiento, la curiosidad y la emoción, algunas de los nueve siguientes se presentarán como bellas perlas que navegan las profundidades y complejidades de su elección en las que se engarzan los deseos de ser mujer que tuvo desde niño, sus dudas y dolores, algunas humillaciones y una sensibilidad única. Si a eso se le agregan las participaciones amorosas de algunos amigos como Rufus Wainwright, Lou Reed, Devendra Banhart o Boy George, bucear en la música de Antony & the Johnson es una travesía recomendable.