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Los colores son amigos de sus vecinos y amantes de sus opuestos.
Marc Chagall
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Snowtown
por Alejandro Feijóo

Es dable sospechar que usted, amable lector, esté relativamente hasta la coronilla de que a cualquier malvado que sonría ante sus atroces actos se le endilgue la etiqueta del “mal banal”. Ya sabe, aquel concepto acuñado por Hannah Arendt a raíz de la cobertura que la filósofa alemana hizo del juicio contra el jerarca nazi Adolf Ecihmann, plasmada en el libro titulado Eichmann en Jerusalén y subtitulado, precisamente, Un estudio sobre la banalidad del mal. Probablemente estemos ante una de las ideas más citadas y menos leídas del pensamiento universal, acaso a la altura de “lo que no debe decirse” de Ludwig Wittgenstein, de la más reciente “modernidad líquida” de Zygmunt Bauman o de las obras completas de Sócrates. Como fuere, uno de los sostenes de la banalidad del mal arendtiana lo constituye el haber cumplido órdenes superiores, por lo que las aplicaciones derivadas de la sabiduría popular quedan prácticamente todas en entredicho. En este contexto, tampoco es dable utilizar dicha herramienta teórica sobre lo que narra la implacable película australiana Snowtown. De modo que vamos a hacerlo.

Cuando uno se interesa por una película se entrega por lo general al relato del argumento. Y es este relato el que suele inclinar hacia un lado u otro la balanza del visionado. En este sentido, Snowtown parte con la desventaja del encasillamiento, pues la biografía de un asesino en serie y el desarrollo de sus crímenes podrían someterla al rincón del cine gore o un subgénero similar. No es el caso de esta cinta dirigida por el entonces debutante Justin Kurzel, a quien conocemos por su reciente y no menos inquietante versión de Macbeth. Y no lo es porque a pesar de que el tema tratado parece ser los asesinatos perpetrados por John Bunting en una tranquila villa al norte de Adelaida entre los años 1992 y 1999, lo que subyace no son las vísceras de las víctimas o las técnicas de tortura; y mucho menos las motivaciones criminales. Snowtown es el desarrollo de un vínculo, el que se entabla entre el asesino y un adolecente. Pero lejos de pretensiones explicativas, la película se presenta como una sucesión de fotos fijas, de postales áridas, desérticas, casi de filtro de Instagram, cuya superposición acaba componiendo un retrato demoledor alrededor de los sobrantes del sistema. O como quiera llamársele a la rueda del hámster sobre la que recorremos el soplo que se extiende desde el primer llanto al detenimiento final.

Dicho lo anterior, y sin adentrarnos en spoilers doblemente innecesarios en este caso, sería injusto no advertir acerca de una secuencia en la que los espectadores impresionables tenderán a quitar la vista. Podría discutirse sobre la necesidad o la felicidad de haber incluido una escena explícita que parece quebrar el código de confianza entablado hasta entonces. Los detractores de la escena podrán argumentar que con ella se produce una ruptura de la oferta estética del filme. Los partidarios, en cambio, tenderán a marcar en ella un codo argumental que pasa por la implicación directa de uno de los protagonistas. En cualquier caso, las pautas que gobiernan Snowtown son la quietud, el humo del tabaco, los porches empobrecidos, las cocinas sucias. Sus personajes no comparten diálogos profundos ni enuncian sueños grandilocuentes. Y mucho menos tratan de pelear contra lo irremediable de su existencia. Lo que se cuenta se va contando sin siquiera hacer un excesivo hincapié en una linealidad en apariencia segmentada que solamente acaba de extenderse cuando se cierra la puerta de la última secuencia.

El hecho de estar basada en sucesos reales puede acentuar las sensaciones de indefensión o alejarnos de ellas: ya se sabe lo que pasa con las recreaciones artísticas del horror, que suelen dividir el mundo entre el público lacrimoso y el escéptico de toda la vida. También puede resultar harto inquietante el gran parecido físico entre el magnífico actor Daniel Henshall y el personaje real que recrea. Pero si por algo puede turbarnos Snowtown es por la sencillez con la que transcurre la maldad. Esa maldad banal, aunque John Bunting no recibiera órdenes de nadie.


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