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INDICE
Uno siempre espera grandes aventuras, grandes intensidades existenciales, y cuando mira hacia atrás se da cuenta de que en realidad no pasó nada. La literatura es un modo de transformar esa nada en algo.
César Aira
ENEUR_DOSSIER
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Ante el horror
por Nahuel Sánchez

Nietzsche advirtió el nihilismo en la caída de los valores cristianos. Empero, al dictaminar la muerte de Dios, Nietzsche nunca pudo haber previsto el advenimiento de un acartonado mundo rendido a los pies del inconmensurable avance de la técnica en donde el sujeto, vaciado ya de contenido, se embriaga del cinismo postmoderno —embriaguez del todo antitética a los medidos excesos de Dionisio, figura central que funciona como columna vertebral de la totalidad de la asistémica obra nietzschena. En esta era de inmediatez, la fragmentariedad se encuentra a la orden del día. Se trata de la disolución de la totalidad, del relativismo llevado a un absurdo paroxístico en donde Tinelli se erige como la figura pilar de una ¿cultura? del todo frita. Basta pensar en los adolescentes (y no tantos) que se inyectan virulentas dosis diarias de Playstation (o de la consola de turno) y en los adultos consumistas irreductibles de programas de chimento. Este distorsionado y vapuleado Carpe Diem descompone los ojos de todo espectador más o menos versado en lo genuinamente trascendente y lo arroja a lo fugaz, a lo estéril, al horror…

Rimbaud vivenció el nihilismo en la decadencia de una burguesía francesa, recientemente a la cabeza de los grandes valores universales propulsados por la Revolución (basta recordar el lema tripartito de “libertad, igualdad y fraternidad”) devenidos en un vacuo deseo de acumulación de capital y de una justificación de vida a partir del ente monetario.

Por su parte, Kafka, “el mejor de todos” (Piglia dixit), aprehendió hasta sus últimas consecuencias la esencia de la nada no ya en particularidades (la religión en Nietzsche, la burguesía en Rimbaud) sino antes bien en el corazón de la vida misma (allende la hiperbólica generalización).

Hebbel estaba obsesionado con la dialéctica entre lo individual y lo universal; vale decir: entre el sujeto y la totalidad. Así lo enuncia en sus diarios, en donde el hombre choca siempre con lo divino y aquél, en tanto fragmento, en tanto prolongación de lo celestial, de lo eterno, perece frente a tamaño enfrentamiento. Un paralelismo con Kafka no es para nada descabellado. Su obra, entre otras tantas (múltiples) lecturas, puede ser receptada como una suerte de alegoría de la opresión y ulterior represión por parte de —haciendo un préstamo de la jerga formalista— una serie o sistema que se apoya en una inefable ley: laboral, paterna, literaria. El individuo se ¿enfrenta? al sistema y queda marginado, desplazado y, en muchos casos, asesinado por una ley a la que aquél siempre quiso pertenecer, empero, a través de una laberíntica prolongación ad absurdum, nunca es reconocido por la infatigable serie.

Kafka es un lóbrego durmiente empero con los ojos bien abiertos. Sus textos más logrados parecieran ser la transcripción de una interminable pesadilla. Basta pensar en los casos de Joseph K. quien, al final del proceso, muere “como un perro”, o en Gregorio Samsa, quien, ya devenido insecto, termina siendo barrido por la empleada doméstica del hogar. Veamos el caso de una de sus más memorables pesadillas.

“Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre del campo que pide ser admitido a la Ley”. Estas líneas constituyen los dos primeros sintagmas del relato de Kafka Ante la Ley. El texto avanza y el campesino nunca logra acceder a la Ley. El guardián permanece en un estático estado de parsimonia y le repite constantemente al campesino que “es posible” que en algún momento sea admitido, “pero no ahora”. Los años pasan y el campesino envejece. En su lecho de muerte, formula una última pregunta al guardián: “¿Será posible que en los años que espero nadie haya querido entrar sino yo?”. La respuesta del guardián es determinante: “Nadie ha querido entrar por aquí, porque a ti solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla”.

En un primer abordaje crítico, haremos mención a la aludida ley laboral. Es el campesino, a saber: un sujeto ubicado en el más bajo de los escalafones sociales el que pide ser admitido a la Ley. Esta Ley con mayúscula, bajo este marco analítico, simboliza el reconocimiento del duro trabajo de campo que debe ser recompensado con un ascenso de clase (un mejor empleo, un mejor salario, una vida laboral mermada de preocupaciones financieras). La Ley no lo reconoce y el individuo perece en las más míseras condiciones. Sin embargo, ¿es la ley la que no reconoce al sujeto…?

A riesgo de incurrir en el temible psicologismo de autor, es sabida la tempestuosa relación que Kafka llevó a término a lo largo de su corta vida (poco más de 40 años) con su padre. De manera tal que la “ley”, como sería entendida posteriormente por el psicoanálisis freudiano, no es otra que la ley del padre. Así, “el hijo” intenta, haciendo uso de todos los medios disponibles (el campesino soborna al guardián con todo lo que lleva consigo, despojándose de la totalidad de sus pertenencias), ser reconocido por el padre y deja la vida en ese fallido intento.

En nuestra humilde triada, se mencionó, en última instancia, a la “ley literaria”. Para Kafka, la literatura (en tanto lector, empero, sobre todo, en tanto escritor) se erigía como su principio y su fin. Por tanto, al igual que Nietzsche, al igual que Jünger, en Kafka, la vida se encontraba justificada a través de la estética. Leemos en sus Diarios el siguiente pasaje: “mi felicidad, mis capacidades y toda posibilidad de que yo sea útil de alguna manera están desde siempre en la literatura”. Mencionamos previamente el concepto de serie o sistema del formalismo ruso. La literatura, dice Shklovski, es un sistema en el sentido ortodoxo del concepto, a saber: se trata de un conjunto de elementos correlacionados que asimismo responden a una estructura mayor o macroestructura que no es otra cosa que el sistema literario. Tinianov, por su parte, habla de “índices fluctuantes” en dicho sistema. Para ilustrar esta idea, pensemos no en un espiral, sino antes bien en un círculo presuntamente cerrado que está compuesto por distintas capas (también circulares), una al lado de la otra, hasta llegar al epicentro. Cada círculo simboliza un tipo o tipos de literatura. Los que están en los bordes representan a la literatura que apenas se está gestando como tal (no obstante, es literatura y no meros garabatos). A medida que vamos acercándonos al epicentro, la escritura estética va adquiriendo peso, se va consolidando hasta ser reconocida como la literatura en torno a la cual giran los otros dispositivos literarios. El epicentro, entonces, no es otra cosa que el canon literario, o mejor: la así llamada literatura mayor o establecida. Ahora bien, pensamos en círculos ¿cerrados? y no en un espiral, puesto que en un espiral el camino de entrada semeja, a las claras, una fácil accesibilidad al sistema. La pregunta es evidente. Si los círculos son tales, y como tales se encuentran cerrados, ¿cómo puede la literatura abrirse camino? La respuesta subyace en el concepto de evolución literaria según el mismo Tinianov. La literatura avanza por saltos. Aunque él mismo habla de desplazamiento. Pero quedémonos con la noción de saltos en tanto y en cuanto un salto permite el avance discontinuo en cualquier orden, en cualquier disciplina. Sólo la literatura es capaz de “saltar” al siguiente estadio y desplazar al tipo literario central o canónico y lograr de esa manera que, un tipo de texto que apenas era considerado escritura, acceda, en principio, a los márgenes de ese tan deseado (temido) sistema para luego consolidarse como eje vertebrante de la serie. En una palabra: el índice fluctuante marca cómo una literatura menor deviene en literatura mayor. Y es a partir de este marco crítico que encontramos una explicación satisfactoria a la totalidad, empero principalmente al final del relato de Kafka. El campesino-escritor nunca accedió a la Ley (al sistema) puesto que nunca se animó a transgredir las normas, a subvertir el orden “legal”; nunca encontró su lugar en la ley ya que el reconocimiento viene dado a partir de la toma de acción; y optó por el quietismo, por el presunto confort que otorga una actitud pasiva. Así, el escritor miró siempre a la literatura con ojos lectores mas no pragmáticos y, al llegar al punto de agonizar debido a su esquivado destino, fue arrojado de la Ley y permaneció siempre ante el horror.



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