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La fatalidad posee una cierta elasticidad a la que se suele llamar libertad humana.
Charles Baudelaire
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Los puentes de San Francisco
por Diego Singer

Nada tenemos que hacer con tus cánones,
índex, pecados, confesionarios, clerigalla;
pensamos en otra guerra, en una guerra
contra ti, Papa, perro.
Antonin Artaud

 

Restauración y gobierno de los corazones
Un sacerdote cumple primordialmente una función mediadora. Es el vínculo que intenta mantener unidos a la divinidad y sus fieles, es la pieza que pretende articular una relación posible entre el hombre y su creador. El sumo sacerdote de la iglesia católica lleva inscripto este significado en su nombre: Pontífice o Pontifex, el que construye puentes. Más allá de los excepcionales momentos en que la divinidad se comunica directamente con aquellos a quienes ha castigado, su todopoderosa presencia se manifiesta como palpable ausencia. La relación posible con el salvador es, para la iglesia católica, necesariamente intermediada y la figura papal es la encarnación máxima de esa mediación sacerdotal.

Tengamos presente la profunda crisis de legitimidad que la iglesia católica estaba sufriendo antes de que nuestro Jorge Bergoglio deviniera el Papa Francisco. Esa crisis incluía iglesias vacías, éxodo de fieles hacia otras ofertas religiosas, fuertes críticas por los sistemáticos abusos de menores (y su sistemático ocultamiento), corrupción económica y un largo etcétera. Sabemos también que Joseph Ratzinger no era una figura que pudiera mejorar ese problema y que, por el contrario, lo agravaba. La histórica jugada por la cual Ratzinger renuncia y asume Bergoglio resultó un enorme éxito, su objetivo: restaurar la función pastoral. Para cumplir esta importante misión, sólo hubo que mostrar que la cabeza de la iglesia es coherente con los valores del amor compasivo que el cristianismo pregona.

No queremos discutir en este punto si esa coherencia es tal o simplemente se trata de una cuestión de gestos, algo así como una gran operación de prensa (que incluye esta vez Twitter y toda la parafernalia mediática contemporánea que usan las grandes empresas); después de todo, lo simbólico puede ser aún más fuerte que lo material respecto a la propagación de valores morales. Pero lo que nos importa subrayar es que, más allá del contenido de estos valores, lo que se restaura es un tipo de dominación.

Afirma León Rozitchner en Freud y el problema del poder: "Cada sujeto, en las instituciones, que son para Freud masas artificiales, está primero sometido a una relación de dependencia individual, uno a Uno, con su jefe, general, sacerdote o Cristo. Porque los prototipos de masas artificiales que Freud describe son la iglesia y el ejército. Y porque primero están sometidos uno a Uno al jefe, están luego, en un segundo momento, reconocidos entre sí como igualmente sometidos. La relación de sometimiento individual es el fundamento de la forma colectiva en la masa artificial".

No es necesario leer a Freud o a Rozitchner para dar cuenta de esto, para cualquier cristiano tiene que estar muy claro: el amor divino es el garante del amor al prójimo. De un modo cuasi platónico (por algo dijo Nietzsche que "el cristianismo es platonismo para el pueblo") participamos del amor divino cada vez que amamos a nuestro prójimo y, en ese sentido, no hacemos más que afirmar la relación de dominio. Ese amor divino es previo y fundante respecto al amor fraterno. El amor del Padre es condición de posibilidad del amor entre hermanos. Para decirlo de otra manera, la relación fraterna supone al Padre y pasa siempre a través de él. No hay puente que se pueda construir en la horizontalidad sin que sea un ramal subsidiario del gran puente que lleva al ápice de la autoridad máxima.

Cualquier relación fraterna, solidaria, caritativa, cualquier "buena" acción respecto al prójimo aceita los caminos de sumisión respecto al Padre y cancela a un tiempo otras posibilidades de solidaridad, de fraternidad, de vínculo no mediado por el Padre. Las ovejas del rebaño se cuidan unas a otras. ¿De qué? De seguir siendo ovejas en un rebaño, de no descarriarse, de seguir al pastor, de seguir al Padre. Esta estructura de dominación no cambia si el Papa se viste de blanco en lugar de vestirse de dorado, por el contrario, se refuerza la iglesia católica, una institución jerárquica que se caracteriza por decidir en pequeños conciliábulos lo que dará de comer en forma de papilla predigerida a millones de fieles.

La restauración de la función pastoral es la restauración del vínculo de dominación y, como tal, no puede ser nunca liberadora, no importa el contenido con el que se presente. Tampoco puede ser "buena" en tanto la función de dominación se oculta en el modo del "amor" y la "salvación". No queremos festejar que el Padre ahora es "bueno", queremos dejar de depender del Padre para pensar, actuar y relacionarnos, y esto es mucho más difícil si todos (católicos y no tanto) festejan como huérfanos reintegrados a la familia: "¡Papá es bueno! ¡Papá es bueno!". Preferimos la orfandad sin Salvador. La orfandad de valores (el nihilismo) no obliga a aceptar al primer "padre bueno" que aparezca a ofrecernos su nutritiva papilla predigerida. Queremos más bien cocinar nuestro propio puchero y tener estómagos fuertes para incorporar el mundo a lo que somos, de acuerdo a nuestra propia corporalidad.

¿Cómo realiza Francisco este trabajo de restauración de su poder? Se muestra como un buen cristiano: humilde, amoroso, débil ("recen por mí") y, emulando lejanamente las conductas de los santos, realiza una serie de gestos rituales mediante los que se distingue de gran parte de la curia y, por supuesto, de los fieles. Visita a los presos, come con los indigentes, renuncia a parte del lujoso ornato vaticano, se acerca de este modo al gesto que dios mismo realizó al descender como su hijo a los hombres para sufrir con ellos y, en última instancia, por ellos.

La autoridad de la iglesia pretende funcionar con asiento en el corazón de los hombres. Y el momento propicio parece ser el “vacío de valores” propio del capitalismo contemporáneo. Francisco se ha vuelto un abanderado de la crítica al avance de las desigualdades y el frívolo exhibicionismo de los lujos generados por el actual entramado de producción y finanzas. Intentando hacerse de esos corazones huérfanos, entregados a la explotación directa o a la competencia consigo mismos en el mundo del emprendedorismo neoliberal, la iglesia ordena y neutraliza así otras posibilidades de experimentación para esos corazones.


Recepción y política local

La nueva figura papal no solamente sedujo a los fieles de su iglesia. Después de todo, además de la genuina alegría que deben sentir muchos católicos por contar con un líder de estas características, Francisco les ha resuelto un enorme problema personal que muchos sufrían sinceramente: la contradicción de pertenecer a una institución que predica el amor entre los hombres pero está manchada hasta sus entrañas de odio, mentiras y violencia física y simbólica. El giro "progresista" del nuevo pontífice parece disolver para muchos este inconveniente y, borrando de un plumazo una historia que nunca tuvieron mucha intención de investigar o recordar, pueden ahora reconocerse sin remordimientos como miembros de esa organización. Cuando alguien es tan bienvenido como Francisco, debemos sospechar que viene a solucionar una tensión que era demasiado fuerte, de tal modo que cuando el personaje llega, la incondicionalidad del apoyo es proporcional al alivio manifestado.

Aun los que no pertenecen a esta institución, pueden ahora callar, transigir o tolerar con menos culpa los avances y las intromisiones de la iglesia católica, que utiliza su renovado poder para imponer concepciones sobre la vida, la moral, la política y la educación, mucho más allá de las fronteras de su incumbencia doctrinaria. Este modus operandi puede verse seguramente en otros países, pero la influencia local se acentúa aún más al tratarse del Papa argentino con el que todas las facciones políticas quieren tener buenas relaciones.

Sin embargo, la primera recepción fervorosa de la comunidad católica argentina comenzó a fragmentarse cada vez más, a medida que Francisco dejaba en claro que muchos de quienes festejaban su nombramiento llevaban vidas más cercanas a la de los “mercaderes del templo” que a la de Jesús. Particularmente agudo fue el golpe para un ala conservadora del catolicismo local, que comenzó a tildar a Francisco de “Papa populista” o “Papa peronista”. La prédica de una iglesia pobre para los pobres no condecía con el rol que jugó la cúpula de la iglesia local y su connivencia con las páginas más tristes y sangrientas de nuestra historia. Por otro lado, el intento de controlar los excesos del capitalismo para darle “un rostro humano” pero sin discutir sus fundamentos ni alentar otro tipo de construcciones políticas, acercó las posiciones de la iglesia con algunos sectores del peronismo, quienes hoy cuentan con un apoyo explícito de su santidad para con varias de sus políticas y candidatos.

¿Habrán comprendido así los sectores más conservadores del catolicismo local que todo Papa es político? ¿Habrán comprendido los sectores más progresistas del peronismo cuánto de paternalismo salvífico atraviesa sus propias prácticas políticas? No creemos que esta experiencia alcance para que se arribe a esta conclusión, siempre es más cómodo suponer que el caso que no conviene a nuestra posición es una excepción y no una regla. ¿Habremos comprendido que si no creamos nuestras propias formas de vincularnos y ser con los otros, algunos se arrogarán la función de hacer esos puentes por nosotros?