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El cuerpo a partir del sentido
por Diego Singer

Un cuerpo es siempre muchos cuerpos. Nunca simple materia inanimada. El cuerpo es mestizaje, multitud y conmoción: movimiento en común.

“El demasiado célebre y demasiado machacado precepto de Wittgenstein, «De lo que no se puede hablar, hay que callar», indica de hecho que, puesto que al enunciarlo no ha podido imponerse silencio a sí mismo, en definitiva, para callarse, hay que hablar. Pero ¿con palabras de qué clase? He aquí una de las preguntas que este pequeño libro confía a otros, menos para que la respondan que para que quieran cargar con ella y acaso prolongarla”.

Así cierra Maurice Blanchot su obra titulada La comunidad inconfesable. ¿Cómo decir que el sentido ya no puede ser enunciado? O, mejor aún, ¿de qué manera soportar el peso del habla sin que un fondo de seguridad pueda ser vislumbrado para sustentarlo? ¿Cómo articular una comunidad que pueda cargar lo que está desfondado? ¿Qué es aquello de lo que “hay que callar” en el modo del decir?

Si callar es interrumpir el habla, producir un silencio en el continuo del sentido, generar un espaciamiento entre lo dicho y lo vuelto a decir, entonces quizás lo que Blanchot esté realizando al cierre de su texto no sea otra cosa que una invocación del cuerpo. De este modo, el decir el sin-sentido ya no es simplemente una negatividad o una falta, sino un exceso, una excedencia, una forma de ir hacia el límite, una experiencia de la multitud como solo el cuerpo puede hacerla.

Experiri, en latín, es justamente ir al exterior, salir a la aventura, hacer una travesía, sin siquiera saber si se volverá. Un cuerpo es lo que empuja los límites hasta el extremo, a ciegas, tentando, tocando por lo tanto”.

Palabras del filósofo francés Jean-Luc Nancy, cuyo concepto de cuerpo parece ser el indicado para esa demanda de Blanchot: no responder a la pregunta, sino cargar con ella y prolongarla, llevarla más allá, hasta el límite, hacia su afuera.

Nancy es uno de los filósofos vivos más importantes de la escena intelectual francesa, heredero crítico de la filosofía de Heidegger en la línea de la deconstrucción derrideana. Tiene publicados más de sesenta libros sobre temas muy diversos, que forman un conjunto inacabado y sin un centro claramente reconocible. Entre ellos, hay uno cuyo título indica justamente esta colección inconexa de escritos y, a la vez, el amasijo de cuerdas y tendones que somos: Corpus.

Así como en Blanchot el sentido no podía hacerse presente, aquí el cuerpo es aquello que está ausentándose, es el extraño inapropiable del que solamente tenemos huellas, indicios, marcas indirectas, formas de un aparecer que se desvanece. El cuerpo es lo abierto. Nunca presencia plena, totalidad o conjunto cerrado.

Y justamente por esa obstinación de la ausencia, no hemos dejado de intentar apresar al cuerpo. Son innumerables los intentos de identificación y significación del cuerpo con los que pretendemos evitar de algún modo la angustia. Desde el cuerpo de Cristo como el “he aquí” del absoluto que se incorpora en la eucaristía, hasta los cuerpos siempre-jóvenes, bellos y absolutamente saludables que se intentan construir hoy y que no dejan de hacer-cuerpo esa angustia.

Jean-Luc Nancy no quiere aceptar que el cuerpo sea una materia sobre la que se inscriben las significaciones: el cuerpo no es marcado por la cultura, ni tampoco constituye un espacio interior en el que se incorpora el mundo. No hay propiamente encarnación de una forma (de un alma) en el cuerpo. En todo caso el cuerpo es siempre sensibilidad que se abre, que disloca, que interrumpe, que astilla, que fragmenta, que espacia, que existe.

Se convoca a los cuerpos porque el sentido no se sostiene en sí mismo. Pero los cuerpos no son recipientes para nuestras formas identificatorias. Son modos de diferir, son potencias acontecimentales, son creación y emergencia de sensibilidades, experiencias del tocar: allí, aquí, allá.

“El cuerpo, la piel: todo el resto es literatura anatómica, fisiológica y médica. Músculos, tendones, nervios y huesos, humores, glándulas y órganos son ficciones cognitivas. Son formalismos funcionalistas. Mas la verdad es la piel. Está en la piel, hace piel: auténtica extensión expuesta, completamente orientada al afuera”.

La piel, el tocar: abrir, interrumpir, extasiar. ¿Dónde tiene lugar el lugar del cuerpo si no es en el “entre” del tocar otros cuerpos? La piel es un problema para todo “ego” porque nos expropia continuamente, porque produce desencuentros. Pensemos un cuerpo cuyo comando ya no es más la cabeza y cuya potencia ya no es el falo. Ese cuerpo no está inscripto, sino que excribe: se extiende en el aquí y ahora como cuerpo sin órganos que va tentando, in-tentando, a tientas.

Un cuerpo es siempre muchos cuerpos, fuerzas en tensión, encuentros, toques. Un tono irremplazable, una coloratura local. Nunca simple materia inanimada o cuerpo sublimado en una significación espiritual. El cuerpo es mestizaje, multitud y conmoción: movimiento en común.

¿Puede entonces el cuerpo restituir el sentido perdido? De ninguna manera. El cuerpo no es el refugio donde (re)encontrar la solidez añorada. El cuerpo es lo inalcanzable, lo que separa, lo absolutamente separado en el tocar. Es lo que empuja al sentido hasta su límite, lo toca, lo trastoca, lo interrumpe. Esa era, recordemos, la invitación de Blanchot. No encontrar las palabras justas para decir que es necesario callar, sino más bien sostener la tensión singular del peso de la existencia cuando fractura el sentido.