Sonoridades
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Inconfesables: ABBA
Hubo un tiempo en que fui hermoso, dice uno, y fui preso de verdad, agrega otro. Y guardaba todos mis sueños en brillosos catsuits, se escucha en el confesionario.

Todo hay que decirlo, dice un amigo. Cuando con mis primos hablábamos de ser ABBA (primera confesión) uno no elegía ser Björn o Benny según le gustara cantar y tocar la guitarra o, en su defecto, corear y entrarle a los teclados. Uno elegía porque le gustaba Agnetha o Frida y devenía, obligadamente, marido de una de ellas, en el orden en que se listan. Yo no tenía conflicto alguno con hablar de ser uno u otro. Al fin y al cabo, viendo el asunto bien de cerca, las dos me provocaban sensaciones similares (segunda confesión); rubia o morocha, sueca o noruega, soprano o mezzosoprano. Hablamos de un momento en que el país estaba a mitad de camino entre el Mundial de 1978 y la Guerra de Malvinas. Y estas chicas presentaban “Voulez-Vous”, en tevé, encajadas en catsuits brillosos.

Meco medía más de dos metros y ya era un joven cuando yo era un adolescente temprano. Tipo montaña. Venía siendo algo así como un tío al que lo perdían la geografía y ABBA. Estoy seguro de no conocer en forma directa a alguien que se emocionara como Meco con la canción “Chiquitita”. Por eso, cuando tuve ocasión de deshacerme de ese disco, regalo de cumpleaños de mi madre, que empezaba a odiar cada vez que pasaba por el track 8, se lo regalé a él (tercera y última confesión). Se puso recontento, me dio un abrazo con medio cuerpo (con la otra mitad protegía su regalo), miró la tapa con emoción y me preguntó cuál de las dos me gustaba más. Mientras me debatía entre pasar a ser Björn o Benny, encogió los hombros y me dijo que a él le daba lo mismo cualquiera de las dos.