Escritos
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La soledad de los moribundos
por Alejandro Feijóo

Este breve ensayo cuestiona con una intensidad inusual las múltiples estrategias humanas para eludir el inevitable hecho del final de nuestra vida.

¿Qué hubo antes? Una nada incalculable. ¿Qué habrá después? Nada más que otra nada invivible exenta de placeres y hastíos. ¿Qué es, entonces, lo que queda determinado entre ambas noches? Un crepúsculo cuya finitud es tan absurda que resulta vulgar. Tan inquietantes resultan las certezas y tan inapelable es el tamaño de la incertidumbre, que el ensayar una respuesta a la cuestión de qué es lo que hace de la muerte el problema de origen de la vida del ser humano constituye una de las obsesiones centrales del pensamiento. El compacto y demoledor ensayo La soledad de los moribundos, del sociólogo alemán Norbert Elias, recorre la espina dorsal de esta pregunta poniendo voz al silencio inquisidor de quien se enfrenta a la muerte. Y lo hace a través de una sencilla profundidad de indagación que imbuye al razonamiento de una lógica que posee el filo de un cristal. Todo se vuelve diáfano en las letras de Elias, de tal modo, puesto que no es posible leer este libro tras la muerte propia, que su lectura adquiere el valor de un corpus en desuso en la mayoría de las sociedades, el del franco orgullo ante ese “acto de violencia” que es el hecho de morir.

El libro, publicado originalmente en 1982, interpela ya desde su sentido título. Es un otro quien muere, y un viviente quien asiste al final. Este enfrentamiento con el moribundo “se nos presenta como un signo premonitorio de la propia muerte”, una cercanía que ataca y debilita la “fantasía de inmortalidad” de quien vive. En los anteriores estadios del desarrollo social, escribe Elias, “se observaba una actitud menos recatada” respecto del acto de morir. En cambio, la sensación de embarazo colma nuestra civilización. Faltan las palabras, o estas se agrupan en construcciones averbales sin mayor eficacia que la de haber sido enunciadas: la “tendencia hacia la informalización […] ha llevado a que toda una serie de rutinas tradicionales del comportamiento, entre ellas el uso de fórmulas rituales, se hayan vuelto sospechosas”. El moribundo y el sobreviviente intercambian sensaciones de embarazo y reserva. Y el muro que se levanta entre ambos deja a aquel en una soledad plena. No hay emparejamiento posible. El pudor del moribundo es ante la superioridad de quien vivirá. A quien transcurre el morir le resta solo escenificar la obviedad de su final.

La muerte “no encierra misterio alguno”, pues “no abre ninguna puerta”. Esta consigna, lejos de congeniarnos con nuestro propio final, se ve reprimida “detrás de las bambalinas de la vida social”. A pesar de que en las sociedades más desarrolladas la muerte haya adquirido una cierta previsibilidad con el aumento evidente de la longevidad, y que los finales no naturales de la vida constituyan algo inusual, generalmente objeto de una figura legal delictiva, es este mismo “nivel de pacificación interna” el que fortalece la aversión a la muerte. Y en particular, al moribundo. La transformación del comportamiento social derivado del “empuje civilizador” ha fortalecido tanto el desconocimiento de la realidad como los medios fantásticos para alejarse de este aspecto animal del ser humano.

Pocos síntomas hay que delaten con mayor nitidez esta otredad respecto de la muerte que “el temor que muestran los adultos a familiarizar a los niños” con ella. Este pudor a difundir y enseñar en la infancia el hecho biológico de la finitud, caracterizado como un signo específico “del esquema de civilización dominante en la actual etapa”, se traduce, entre otras manifestaciones, en la solemnidad con que se desarrollan las ceremonias funerarias, el silencio que ha de guardarse allí donde descansan los muertos o la intensa conmoción emocional que provoca en un adulto el hecho natural e ineludible “de la muerte del padre o de la madre”. Esta represión de las explicaciones objetivas acaba construyendo un andamiaje mágico cuyo principal riesgo es su aparente carácter de inofensivo. Porque es probable, intuye el autor, que “las mentiras piadosas […] hayan tenido unas consecuencias mucho más desagradables y peligrosas para la humanidad de las que hubiera tenido el conocimiento de la verdad desnuda”.

Llegados a este punto, la lectura de La soledad de los moribundos al trasluz de la pandemia de covid-19 conforma un desafío fronterizo. La convivencia estrecha con la opción de una muerte que escapa del control tecnológico y la mediatización de la muerte masiva como un panóptico cuyo centro es la pantalla lleva a preguntarnos de qué manera el “empuje civilizador” gestionará este hecho como fenómeno pedagógico. Es decir, cuáles serán las huellas que imprima en quienes biológicamente tienen aún la muerte lejos, y cómo esa impronta puede acabar conformando un margen más estrecho de libertades, de mayor capacidad de dominación.

La representación de la muerte está hoy a la vista, en las fosas comunes a campo abierto, en las calles de algunas ciudades. Pero es precisamente por haber sobrepasado la mediana de los gráficos, por exacerbar su cercanía, que la muerte se ha vuelto aún más difusa. Las “rutinas institucionalizadas” de su tratamiento, en monopolio casi exclusivo de las instituciones hospitalarias, han perfeccionado la técnica higiénica. No se despide al moribundo. Su soledad se ha multiplicado. Se le priva de la constatación de un “sentido de la vida”, de algo similar a un significado de la finitud, que no es otro que saberse importante para otras personas, “una última señal de que significan algo para los demás” antes de sumergirse en la nada donde no hay alegrías ni tampoco tristezas.

 

FCE ¬ 2015