Blablablá
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Fuerza rapaz
por Sebastián Cariola

El calzar zapatillas exime al protagonista de este relato de un conocimiento al que solo se accede con la fuerza de seres como La pibita.

La primera vez que la vi me di cuenta de que no era la primera vez que la notaba. Muchas veces antes la había percibido merodeando cerca, pero siempre como parte del decorado, del entorno, de la flora y fauna del lugar. Ciertamente, una vez establecido el primer avistaje, se hacía difícil dejar de buscarla con la mirada. Mis paseos matutinos en los que sacaba al perro a dar la vuelta por aquel parque, se convirtieron, así, en excursiones, en safaris, para observar en su hábitat natural a aquel ser tan extraordinariamente exultante y lleno de vida. Gran parte de ese ímpetu no era más que una defensa frente a la hostilidad del mundo en el que transcurría. Sin embargo, había algo de renuente, una fuerza tan incivilizada y potente que parecía subvertir a su paso todo en lo que se posara la sombra de su cuerpo. No andaba sola, no, tenía una manada, y si bien a simple vista ella era una de las más jóvenes del grupo, no tendría más de siete u ocho años, era el alfa. Todos la seguían y obedecían. Alguna vez presencié la lucha por la dominación de parte de algún incauto recién llegado, que amparándose en su mayor tamaño la subestimó, pero ella no solo era muy ágil y rápida, sino que además no reconocía ninguna regla, lo que la tornaba implacable. La gente que era asidua al parque y los vecinos la nombraran como “La pibita”, su clan no se refería a ella de ninguna manera más que con un sujeto tácito en las oraciones.

Mientras mi perro se ocupaba de sus menesteres, ya sea olfateando otros canes o dando vueltas para marcar algún árbol, yo me entretenía, desde cierta distancia, siendo testigo de alguna de sus villanías, cuyas víctimas eran elegidas democráticamente. De más está decir que la policía ya no intentaba mucho más que avisar a todos los que se adentraran en el parque que cuidaran sus pertenencias. El guardaparque le tenía un encono particular y el calesitero lloraba de indignación solo al saberla cerca. Al tiempo de estudiarla noté que la mayoría de sus hurtos eran comida u objetos brillantes. Podía encontrársela después de hacerse de algún celular, por ejemplo, escondida en la copa de algún árbol absorta en los haces de luz que el sol reflectaba en la pantalla.

Su andar presentaba una leve cojera, era extremadamente chueca, y habitualmente se mantenía lo más cerca del piso posible, por lo que aparentaba estar más en cuatro patas que erguida, y siempre, independientemente de las inclemencias climáticas, estaba descalza. Solía masticar algún mechón de su sucio pelo largo y negro, de un azabache tan negro como sus ojos. Hacer contacto visual era lo peor, uno podía sentir cómo se abrían las puertas del infierno en esa mirada y se te dirigían todas las almas atormentadas por la voracidad del olvido. Por lo general nada la aplacaba, hasta que se le otorgaba alguna ofrenda con la cual saciar por unos minutos, los suficientes para alejarse, su demanda marginal. Las viejas cuidaban de sus caniches con mayor recelo desde que se comentaba que habían encontrado varios despanchurrados y a la pibita saltando la cuerda con una soga de retazos de tripas. Mi impresión es que exageraron el tamaño y los motivos de los decesos. Yo mismo la había visto varias veces cazar palomas, y era todo un espectáculo. Su tribu estaba organizada y sincronizada para tal fin, a veces armados con piedras, otras con palos, y cuando no, con las propias manos se hacían de las aves que casi inmediatamente desplumaban y engullían crudas y con sus corazones aún latiendo. Fue notable la mengua en la población de estos animales en el parque, al punto que comenzaron a aparecer carteles de fundaciones protectoras denunciando el “asesinato de las palomas que también son seres vivos”. Las contadas veces que la tuve cerca fue gracias a la presencia de mi perro y a algo en él que la atraía mansamente. Una de esas veces, conmovido por la temporada invernal extremadamente fuerte que pasábamos, aproveché para ofrecerle unas zapatillas que cuidadosamente había elegido con tiras brillantes en sus costados y suelas con luces que se encendían, las cuales dejé en el suelo entre ella y mi perro. Con cautela se acercó, miró desde distintos ángulos, las empujó con un dedo, luego tomó una desde el cordón y la meció delante de su cara, hasta que huyó con ambas en las manos hacia la frondosidad del verde. La primera emoción que me invadió al día siguiente fue de gran indignación al ver cómo mi empatía era mancillada por el uso que se daba a aquellas zapatillas, pero inmediatamente pasé al asombro, y luego a la perdurable admiración. Con gran destreza, la pibita había atado ambas zapatillas por sus cordones y las utilizaba a modo de boleadoras para cazar palomas. Juro que lo he intentado cientos de veces luego, y debo admitir que me fue imposible lo que ella lograba: una y otra vez los animales eran alcanzados en pleno vuelo y enredadas y golpeadas caían en el mortal infortunio. Aún sigo sin entender cómo lo hacía, por medio de qué arte, qué acrobacia, qué ingeniosa habilidad permitía semejante proeza. Quizá fuera la necesidad, el hambre o la ignorancia de no haber usado nunca calzado, lo cierto es que es evidente qué lejos está de mí poder repetir aquella acción.

Pasado un tiempo, las palomas desaparecieron del todo cuando el municipio decidió liberar aves rapaces que las diezmaran, y fue por aquellos días que también noté la ausencia de la pibita. El grupo que comandaba perduró unas semanas más, aunque poco a poco se fue desmembrando y subdividiendo. Había perdido la fuerza salvaje que los aunaba. Confieso extrañar la incertidumbre que ocasionaba su presencia, el peligro inmanente de ser presa de su atención y la adrenalínica posibilidad de que volcara en mi persona una comprensión del mundo que los que usamos zapatillas como calzado, no tenemos.