Blablablá
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Norte
por Leda Díaz

Hoy no pasó nada especial. Tal vez no sea así, pero no puedo darme cuenta ahora de la diferencia entre ser y andar.

“Cuando nada es cierto, todo parece posible”.
Margaret Drabble

Ya es tarde, o eso creo. Voy caminando despacio por la vereda hacia el estacionamiento cuando vuelvo a ver al hombre de la playa. Esta vez lleva unas bermudas rotas, mocasines nuevos y corre en dirección al norte. Lo espero. Unos metros antes de chocarse conmigo, dobla hacia la derecha y se trepa al primer árbol que le ofrece sus ramas. Ahora está quieto y astuto.

En esta ciudad cuadriculada, a esta altura del año, el clima es bajo y benévolo con la especie humana. Hoy en mi trabajo no pasó nada especial, es uno de esos días en que mi vida se derrocha por una cloaca que no lleva a ningún lado. Tal vez no sea así, pero no puedo darme cuenta ahora de la diferencia entre ser y andar. Entonces llegan tres ovejas, una se me acerca respirando fuerte, me pone dos patas encima y me mira fijo a los ojos. Creo reconocerla, giro mi cara hacia la derecha para pensar, pero no. Aunque estoy segura de que se parece a alguien que alguna vez amé mucho; reconozco su aliento.

El hombre de la playa sigue ahí arriba, siento su mirada y sé que él también conoce a las ovejas, eso me inquieta. Pienso en gritarle: “Quedate ahí, no vengas, ellas no te ven”, pero cuando quiero hacerlo me quedo sin sílabas para armar las palabras. Quiero hacerle señas con las manos, pero no las encuentro. Entonces silbo bien alto, varias veces. No me entiende.

Es cierto, hace frío, pero no tanto como para necesitar tener a esta oveja encima. Le ruego que se vaya porque, entre otras cosas, tampoco tengo hambre y menos de visitas. Baja la vista, entre dolida y desencantada. Le pido por favor que me comprenda, hoy no tuve un buen día. Ahora se deja caer al piso sobre sus cuatro patas, se sacude la lana y, orgullosa, se va moviendo la cadera al encuentro de las otras, que la esperan calladas en el almacén de la esquina.

Lo busco, él sabe que espero algo y me regala una flor desonrisa que arranca del árbol. Prueba una mueca que no le sale y se tira en un paracaídas negro, para no mojarse los mocasines. Antes de ser el hombre de la playa fue otras cosas que aún no me contó.

Cuando yo era muy chica fui su amiga de la infancia. Él me mimaba como a su perro, siempre me regalaba canciones de odio para que aprendiera a cuidarme de los buenos para nada. Yo lo entendía, lo escuchaba, lo mordía y, sobre todo, no lo quería. Todo era más fácil antes del principio. Las razones eran otras.

Primero, porque sé que es verdadero y hostil con las ovejas.

Segundo, porque el paracaídas era de mentira y los mocasines no soportan los engaños.

Tercero, porque ya soy grande y no entiendo las cosas de niños.

Ahora tengo muchas más razones para justificar ante los demás todo lo que no entiendo. Tal vez es por eso que ya empiezo a quererlo. ¿Y por qué siento vergüenza?

 

(Este texto forma parte de la primera novela de la autora, Los mocasines no soportan los engaños).