Blablablá
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Querido hijo
por Sergio Fitte

El encuentro de una madre con su joven hijo viejo revela que los sueños tienen menos probabilidades de ser cumplidos que de ser barridos como un camino de hormigas

Es bueno que no haga frío. Son pocos los que en el barrio tienen con qué calentarse. El sol entra, sin pedir permiso, se mete por los agujeros que tiene la cortina que hace las veces de puerta. Tira lengüetazos calentitos que la dueña de la casilla agradece al cielo. Aprovecha para pasar una vieja escoba por el suelo de tierra que de tanto limpiarlo quedó rastrillado. Mucho mejor que cualquiera de los pisos de los vecinos. No es que ella ande chusmeando en la vida de los demás. Es lo que menos le interesa. Si lo sabe es porque cada visita que recibe se lo dice. Se lo comentan. Se siente orgullosa de que se lo digan y hace todos los méritos para continuar manteniendo su reputación en lo más alto. Por lo general, también el aroma que hay dentro de su casa es el mejor que el de aquellos lados. Se las rebusca para tener aunque sea unas gotitas de perfumina para esparcir por el aire, y la guarda para los días húmedos o los de viento norte que traen tanto olor a pudrición. La pudrición que viene del río. O de la Villa La Esmeralda, la peor y más peligrosa del mundo, como la catalogan sus propios habitantes.

La dueña de la casa del centro, donde trabaja, la ha autorizado a que se lleve los elementos de limpieza e higiene cuando ya casi no queda nada dentro del recipiente. Es normal verla entrar por las callecitas del asentamiento portando bolsas de plástico, trayendo desodorantes, cremas, líquidos para limpiar. Nombres de marcas extranjeras que a ella le cuesta pronunciar y recordar. Dentro de su única habitación conviven, con la pasiva tranquilidad de las cosas inertes, los frascos de Dior que ella completa con agua hasta dejarlos llenos con las botellas de salsa de tomate comprada a granel o suelta en alguna feria. Los objetos están prolijamente acomodados. Se tocan. Se miran. Se estudian sin decirse nada; aguardan ser elegidos y serles útiles a su dueña. Un silencio eterno los envuelve. La mujer los separa. De manera inexplicable cada tanto alguno de los Dior se deja caer de la repisa y se estrella contra el suelo. Si tiene suerte el suicida se destroza con el golpe y es barrido. Si no la tiene, la dueña pega con cinta las rajaduras y lo vuelve a su lugar. Para que purgue la vergüenza de haber hecho lo que hizo. Los Dior prefieren estar con los Dior y no con las botellas de salsa de tomate.

Los perros dejan de ladrar por un momento. No los notó hasta que dejaron de hacer bochinche y se escucha un sonido similar al que queda cuando las chicharras dejan de cantar. Alguien entró por el final del callejón. Los animales prenden sus señales de alerta. Se ponen vigilantes. De ser necesario van a atacar. Tienen hambre, al igual que la mayoría de sus dueños. Acaso sueñan con ser leones para poder matar lo que sea y alimentarse y llevar comida a sus cachorros. Husmean el aire viciado, con decepción detectan que quien se acerca es un conocido y descartan el ataque. Son seres leales que nunca morderían la mano de quien alguna vez los alimentó o los acarició. Vuelven a los ladridos. El ladrido que les regalan a los bienvenidos.

Marisa lo advierte, conoce como ninguna aquellos alaridos de alegría. Apresura sus movimientos. Sabe que de un momento a otro él va a entrar. Se peina un poco con los dedos. Repasa la mesa con el repasador viejo y deshilachado. Deja un vasito con una flor de plástico en el medio. Lo contempla y lo mueve apenas hasta encontrar el centro. Respira hondo unas cuantas veces. No tiene miedo. Por qué habría de tenerlo. Sí se siente tensa. Su mirada lo debe dejar traslucir, aunque ella preferiría que no se le notase. Da una última pasada de escoba delante de la entrada y rompe el caminito de hormigas que transportan miguitas. Le parece raro, si allí no hay nada qué comer. Por un segundo olvida que está esperando a alguien y su ritmo cardíaco desciende a niveles normales. Al dejar la escoba en su lugar vuelve a tensionarse. Pasan algunos instantes. Tal vez haya sido una falsa alarma. Las ganas de que aparezca y de que no aparezca pelean dentro de su cuerpo. Lo aguarda con locura y a la vez adivina qué es lo que terminará sucediendo. Algo la agita. La cortina se descorre de un tirón. Puntual, como siempre, el Luis ha llegado.

Se miran en silencio. La madre agradece al cielo la mirada cristalina que le devuelve su hijo. En sus ojos lo blanco es blanco y lo negro es negro. Heredó aquella característica de su padre que en algún momento Marisa tanto amó. Tiene ganas de preguntarle de dónde viene. Cómo está. No le sale. No puede. Y si algo llegara a preguntarle sería por qué no se ríe. Los chicos de la edad de él lo hacen de manera constante. Pero el Luis es diferente, o eso parece. Le cuesta recordar la última vez que vio la felicidad en su cara. Todos los días se culpa por eso y todos los días sigue sin encontrar la solución. Va a utilizar todas sus fuerzas y artimañas para poder cambiar la realidad que tanto la preocupa.

–Esperame que te tengo una sorpresita –dice Marisa.

Pensaba entregarle el objeto sin hablar, pero las palabras le brotaron del alma. Hubiese sido una lástima que se le fuera como las veces anteriores, que en cuanto la veía se paralizaba, como quien ve un fantasma, y se escapaba corriendo de la casilla. Pero ahora el Luis aguarda. Manso. Parado, sin pestañear, los ojos apagados. A simple vista no se puede determinar si respira. Habría que realizarle un examen médico para estar seguros. En aquellos lados no hay obra social ni hospitales que los quieran atender, nadie sabe qué son los chequeos. Por regla general, al médico solo se va a morir. Es casi una provocación regresar vivo tras el paso por una guardia médica, salvo que te traigas, como prueba de valor, una cicatriz que valga la pena.

La madre se mueve presurosa. Le da la espalda unos segundos y simula buscar algo que sabe bien dónde encontrar. Tampoco puede ir muy lejos, los ocho o nueve metros cuadrados de la habitación se lo impiden. Corre la cobija que esconde la caja. Nueva. Flamante. Tiene en sus costados las inconfundibles tres tiras de la marca que todos desean. Se la estira al Luis y el Luis la abre de inmediato. Al sacarle la tapa el aire del cuero nuevo lo invade todo, solo por un momento, hasta que vuelve a ser derrotado por los olores comunes del barrio.

–Feliz cumpleaños, hijo.

Lo abraza sin pensar mucho en lo que hace. Lo siente frío, distante. Hecho un hombre, un hombre viejo de doce años. El festejado la aparta con un gesto que podría ser de pelea callejera. Él observa el obsequio. Ella piensa en los viajes al loft del centro que le costó comprar las zapatillas. Ya ni se sorprende de que tampoco el regalo le haya sacado una sonrisa. No se reprocha por el sacrificio que tuvo que hacer. Se reprocha por no poder hacer reír a su hijo.

Un corto debate se instala entre los dos hasta que Marisa lo autoriza a que lleve las zapatillas al potrero. Se entusiasma cuando ve que le quedan perfectas.

–Andá, llenalos de goles –lo alienta. Sabe que en algunos casos el fútbol salva. Encauza. Hace ricos y famosos a chicos que tenían destino de muerte joven y temprana. Mueve los labios sin que se le escape un sonido. Reza. Ya desde hace un tiempo que empezó a rezar.

El pibe la mira pasmado. Desde lo más lejos de su existencia. La madre siente como si no la conociera, como si fuera la primera vez que la ve. A tal punto llega su confusión que no alcanza a determinar si su hijo comprende que el día de hoy es su cumpleaños.

Lo mira irse. Mantiene la esperanza de que vuelva a despedirse antes de perderse vaya a saber una por dónde. Se sienta a descansar. Está agotada. La visita duró solo unos momentos, unos siglos. Acomoda un poco el hule agujereado para que caiga más o menos parejo a cada costado de la mesa. Para controlar el temblequeo que le quedó en las piernas se pone a hacer otras cosas. Enciende la tele, las princesas adineradas de la novela turca la cautivan frente al vidrio engrasado del aparato. En un pestañeo el tiempo se le va, o eso le parece. Nunca entendió muy bien qué es el tiempo. A veces cree que el tiempo no es nada pero siempre le teme. Le parece que el tiempo es malo. Malo en sí mismo. Te va secando de adentro hacia fuera. Te degrada y carcome. Y lo peor de todo es que no pasa. No pasa nunca.

Todo fue tan rápido e inesperado que ni los perros de la cuadra alcanzaron a ladrar.

Aunque ella lo percibe en cámara lenta, el Luis entra hecho una tromba. Lo que él le dice también le llega distorsionado. No sabe de quién es la culpa. Trata de enfocarle los ojos con su mirada. La mirada de su hijo ya no está apagada como hace un rato.

-¡La plata, dame la plata!

Esto lo entiende bien.

Es la escena repetida del último año, año y medio. Desde que falta el padre. Desde que el Luis se fue de la casa y no quiere decir dónde está viviendo. A lo mejor no lo dice porque su mamá no se lo pregunta. Quizá a él le encantaría que su mamá se interesara en sus asuntos. Pero está loca si se cree que con unas Adidas truchas lo va a dejar contento. Lo que necesita el Luis es otra cosa.

Ella trata de calmarlo. Abre los brazos pero el intento de abrazo se convierte en empujón. Él se le va encima y los dos caen sobre el colchón en el que duerme Marisa. La mujer bufa cuando recibe las primeras trompadas en el estómago. Las fuerzas del agresor se terminan rápido. La madre lo cubre con amor. Las lágrimas de drogas que caen por las mejillas del nene lo van empequeñeciendo. Ella sigue viéndolo como cuando aún le daba de mamar. Lo acuna hasta que se duerme, aunque el corazón del chico sigue desbocado. Le acomoda la cabeza sobre el bollo que hace de almohada y lo deja descansar. Comienza a pensar en la posibilidad de volver a intentar hablar con las psicólogas de la municipalidad para que la ayuden. Sabe que siempre están de paro o en otra oficina. A ella se le complica ir por el tema de su trabajo y al final nadie le da una respuesta. Tiene miedo de que la echen y no poder darle nunca más plata al Luis.

Lo ve respirar agitado, con la frente helada. Ella se incorpora y le tapa los pies descalzos con una frazada.

Agarra una escoba y comienza a barrer el desorden. Está segura de que la próxima vez que el Luis venga a visitarla la cosa será diferente.