Blablablá
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Flechas con pólvora
por Daniel Pereyra

La infancia es ese paisaje en el cual los sucesos transcurren una y otra vez, incluso cuando un amigo nos apunta con un rifle

Uno de los chicos de siempre preguntó con la voz bien alta: ¿Vienen a jugar? Salí como disparado a juntarme con ellos en medio de la calle. Mis tías me habían regalado las primeras zapatillas, unas Flecha celestes un par de números más grandes, para que me duraran. Me iban un poco flojas pero yo reventaba de felicidad por tenerlas. También me regalaron una chomba de hilo blanco, un pantalón corto azul y unas medias del mismo color; me sentía muy canchero con mi nueva vestimenta. Al ver que me hacía tanto el lindo, los chicos me empezaron a rodear como si yo fuera un modelo de la revista Billiken. ¡Qué pinta que tenés!, decían, y se agachaban a tocar las zapatillas.

Así se la pasaron un rato, como bobos. Hasta que apareció Manolo. Con Manolo éramos de la misma edad, aunque tenía el cuerpo muy acolchonado y por eso me gustaba chocar contra él. A sus padres no les gustaba que él anduviera en la vereda y menos cuando ellos no podían ver lo que hacía. Por eso esa mañana se escapó saltando el paredón de su casa.

Se acercó con gestos de fatiga. Tenía un rifle y nos apuntaba con él. Nos quedamos mudos. Caminó hacia nosotros amenazándonos con matarnos porque él era el más sheriff de todos. Pero enseguida uno de los chicos se dio cuenta de que era la Daysi de aire comprimido. Lo rodeamos. Los más grandes le pidieron permiso para tocarla, para tenerla entre las manos. Él sonreía y babeaba, porque era claro que en ese momento se había convertido en el más importante de la cuadra.

Los chicos jugaron un rato con el rifle hasta que Manolo sacó una caja de cohetes del bolsillo de su campera de lana. Quería encender uno, ponerlo adentro de la punta del cañón y que al gatillar saliera disparado como si se hubiera tirado un tiro de verdad. Bajo nuestra mirada, raspó uno con la misma caja que traía, pero el cohete no daba señales de haberse encendido. Entonces frotó con tanta fuerza que la caja se rompió. Nos reímos, nos burlamos de él, era nuestra venganza. Manolo ya no era nuestro héroe, ya no era el hombre del rifle.

Se puso rojo. Entre el coro de nuestras risas, revisó el rifle de punta a punta, no podía creer que el cohete no se hubiera encendido. Nadie sabe bien cómo fue, pero todos escuchamos un ¡boom!, el del cohete que entró por el costado abierto de mis Flecha dos números más grandes. El horror se apoderó de mí y por un instante me quedé duro. Sentí el peligro, el incendio, la catástrofe que se avecinaba. El corazón me latía muy fuerte, empecé a sudar con la respiración entrecortada. Una explosión de chispas y una columna de humo subía de mi zapatilla hinchada hasta nuestras caras. En ese instante creí que si pensaba con fuerza que el fuego se iba a apagar pronto seguro que se apagaba.

Nadie hablaba. Nadie se movía.

No sé quién fue el primero, pero uno de mis amigos salió corriendo. Tras él, todos los demás. Manolo seguía a mi lado, con la boca abierta, haciendo gestos, buscando una respuesta o una explicación. Como se dio cuenta de que no encontraba qué decirme, también salió corriendo.

Caminé hacia mi casa. Con renguera, por las dudas.

Cuando llegué al jardín, mi mamá me hizo sentar en una silla cerca de ella y con cuidado me quitó las Flecha celestes. El pie estaba enrojecido por la explosión, la tela se había adherido a la piel. La despegó lentamente, con mucho cuidado y sin lastimarme. Buscó un líquido oscuro y espeso y lo derramó sobre mi pie, que enseguida se tiñó de marrón. Lo vendó, me dio un jugo de naranja y me pidió que me quedara al sol un rato, que el día era muy lindo. Me dijo que solo había sido un susto y me dio un beso.

Una sombra se movió tras el paredón bajo, alguien nos observaba. Mi mamá, con la voz más dulce del mundo, dijo:

–¡Ay, Manolo!

Él sacudió los hombros y salió corriendo para su casa.

Por suerte, la chomba blanca y el pantalón azul no se le habían ensuciado al chico Billiken.