Escritos
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El tiempo disipado
por Jota G. Fisac

Acudir a La peste, de Camus, se ha convertido en una suerte de hobby pandémico. Pero desentrañar su carga de significado requiere de algo más que búsqueda especular.

Leer La peste de Albert Camus, editada por primera vez en español en formato electrónico, se ha convertido en algo parecido a una moda, a juzgar por las crónicas librescas de muchos países, que lo sitúan entre los libros más vendidos desde que comenzara la pandemia. Quizá buscamos en la novela saber qué nos está pasando, cómo hemos podido llegar a esto; o puede que seamos más ambiciosos (en realidad, sólo más ingenuos) y queramos conocer el futuro, o parte de él, porque a pesar de las notables diferencias entre “los curiosos acontecimientos ocurridos en Orán en 194…” y la epidemia que sufrimos hoy ─diferencias debidas no tanto a la naturaleza biológica del agente como al carácter radicalmente distinto de sendos mundos─, la novela de Camus prefigura el tiempo que hace unos meses nos cayó encima como cae una bomba, un tiempo que súbitamente adquiere un carácter colectivo incontestable y anula en buena medida la esfera individual; la vida se colectiviza y las percepciones individuales se reúnen en torno al cierre de puertas de la ciudad, que desemboca en el aislamiento, el exilio, la separación, el destierro. El tiempo presente se instala como el único posible, porque el futuro en cierto modo está suprimido, oculto en el denso bosque de lo incierto, y el pasado, recluido en la memoria nostálgica del ayer, ya no sirve.

La epidemia progresa y se buscan culpables, naturalmente dentro de la Administración pública, que toma unas medidas siempre cuestionadas, aunque no se proponga alternativa alguna a ellas. “Las plagas, en efecto –dice el doctor Rieux, narrador de la novela–, son algo común, pero se cree difícilmente en las plagas cuando os caen en la cabeza… Ha habido en el mundo tantas plagas como guerras. Y, no obstante, peste y guerras cogen siempre desprevenida a la gente”. La peste arrasa y ha de enterrarse a los muertos, las morgues se colapsan, los entierros se prohíben, ya no es posible despedirse de nuestros difuntos, llegan las fosas comunes, aunque la crónica de la ciudad sitiada asegura que los familiares de los muertos eran invitados a firmar en el registro, lo que señala la diferencia entre perros y hombres. En el Orán de La peste, como en cualquier situación de pánico, el hombre de sangre fría encuentra un momento propicio para hacer dinero, el rentista se siente a gusto en la ciudad de puertas cerradas en la que puede imponer sus normas, porque qué quiere decir la peste sino la vida y nada más. En el juego de la peste, como en el de la vida, todo lo que un hombre podría ganar es conocimiento y memoria.

La peste se ha instalado, pero en su transcurso acaba por traernos la indiferencia, la atonía, la despreocupación. Y también la necesidad imperiosa de matar el tiempo, obsesión recurrente en la obra de Camus. Matar el tiempo no es solo el problema del Meursault de El Extranjero durante su estancia en la cárcel, es también tarea del hombre “libre” dentro de la ciudad sitiada por la peste, exiliado en su propia patria cuando se cierran las puertas de la ciudad. Tarou es el cronista oficial de la ciudad, un freelance que anota y relata en sus cuadernos los hechos acaecidos en la ciudad con la objetividad que persigue el reportaje o el registro. En esos cuadernos, que le son de gran ayuda al narrador de la novela para completar su relato sobre “los curiosos acontecimientos ocurridos en Orán en 194...”, Tarou, con una escritura menos clara que la empleada habitualmente en esos mismos cuadernos para relatar los acontecimientos y hechos acaecidos, añade digresiones, juegos de palabras, y lo que él llama apartes de lenguaje o de pensamiento: “Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: experimentarlo en toda su longitud. Medios: pasar las horas en la antesala de un dentista, sobre una silla incómoda; vivir en el balcón las tardes de los domingos; escuchar conferencias en una lengua que no se entiende, escoger los itinerarios más largos y menos cómodos de los ferrocarriles y viajar a pie; naturalmente, hacer cola en las taquillas de los espectáculos y no tomar localidad, etcétera...”, una lista que podemos extender a nuestra recién estrenada experiencia de la cuarentena: hacer a primera hora de la mañana un índice de las actividades a realizar durante el día y olvidarla sobre la mesa; planear el menú de comidas de la semana y cocinar luego otras cosas; ordenar los libros de nuestra biblioteca por géneros y la semana siguiente hacerlo por orden alfabético de autor; revisar las fotografías en papel acumuladas durante años en los cajones y encontrar series: taxis del mundo, faros marítimos, playas desiertas, primeros planos, puestas de luna; preparar cada noche la ropa que vestiríamos al día siguiente y volverla a meter en el armario por la mañana… Matar un tiempo en que la memoria no vale ya nada y tampoco cuenta el futuro, el tiempo disipado de la cuarentena, en la que solo el presente permanece.