Escritos
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Estado de la cuestión
por Martín Jali

La lentitud que requiere el vínculo con el libro se erige como un refugio tras el cual transcurre el vértigo de la autoexplotación y la desintegradora virtualidad.

Si algo me ha dejado claro este aislamiento es que el semiocapitalismo visual lo ha invadido todo. Ya no habita únicamente el marco de las pantallas sino que se ha expandido a todos los recovecos de nuestra vida, o dicho de otra manera, las pantallas se han multiplicado tanto que la vida solo existe dentro de los marcos frontales donde las imágenes se mueven y hablan, interactúan con nosotros, nos divierten y ordenan nuestros hábitos. En este nuevo mundo las alternativas en cuanto a proyectos vitales han disminuido y las que resisten se presentan bajo límites muy concretos. Y ocurre algo más: estos cambios han escalado a una velocidad inimaginable, mostrándonos los verdaderos contornos de un futuro que se nos presenta como una silueta que se aleja de las sombras para revelarse ante la luz. Lo que ha ocurrido es una gran aceleración. La economía del dato y de la cuantificación ha conquistado el mundo; en realidad, ya lo había hecho, pero las grandes catástrofes son, al principio, invisibles e indoloras, y este terremoto viene a dejar al descubierto las tramas tectónicas que dominaban nuestros hábitos. Ahora es cuando empezamos a sentir la quemazón en la superficie de la piel.

Desde hace un tiempo, antes del virus y del encierro, vengo preguntándome sobre el significado del aburrimiento. Aburrirse como una categoría que teñía ciertos momentos, una suerte de desvarío hacia la nada y el despojamiento vital. El aburrimiento suele asociarse con la melancolía, el desgano, la depresión o la espera. Todo esto, por buenos motivos, es poco anhelado por casi todos, principalmente porque si algo caracteriza al aburrimiento es la falta de deseo. Pero el aburrimiento también está marcado por la inactividad, y en ese sentido el gran pecado de nuestro tiempo es quedarnos quietos o siguiendo esta lógica, hacer una sola cosa. De ahí el imperativo del multitasking y el sabio consejo que brinda Ron Padgett en su poema “Cómo ser perfecto”: Hacé una sola cosa a la vez.

Sin embargo, los lectores habitualmente nos aburrimos; hay cantidad de libros con pasajes tediosos, y eso no habla mal del libro, en ocasiones al contrario. Cada vez valoro más ciertos pasajes espesos o difíciles de digerir de los textos que leo, como si fueran a contramano del vértigo que nos exige el día a día, como si todo debiera ser veloz, divertido e inquietante, y tal vez en lo que está de más, en lo que sobra, se esconde un valor que no alcanzamos a dimensionar; un exceso que parece estar a contramano de la época, que nos exige velocidad, consumo y placer, la lectura como una droga con efectos retardados y casi invisibles, difícil de cuantificar. ¿Quizá por eso los lectores poco a poco se extinguen, por eso se venden menos libros, y, más que con niveles de ingresos, exceso de trabajo o un desplazamientos hacia otras esferas del entretenimiento tiene que ver con la imposibilidad de adaptar la práctica de la lectura a la velocidad y el vértigo del mundo que habitamos?

Poco a poco el aburrimiento se convirtió en un paisaje virgen disponible para su conquista. Ninguna generación vendió tan barata su ausencia de tiempo. Te llega un mensaje, alguien le puso un like a la foto que acabas de subir, tres amigos están mirando tu story, llegó un paquete de Mercado Libre a tu casa, un nuevo mail a tu casilla, alguien escroleó tu feed de IG, hay un evento virtual que te puede interesar. Te autoexplotás en función de una recompensa futura e imprecisa, simplemente porque todavía sos joven; dormís poco y deslizás tus dedos sobre la pantalla una y otra vez, incluso en la cama, al borde de un sueño sin imágenes. ¿Qué es lo primero que hacés al despertarte? Te sumergís como un anfibio, para poder respirar, en la pantalla táctil de tu teléfono, que guardás todas las noches debajo de la almohada. En grandes momentos del día leés y escribís sin entender demasiado bien qué es lo que estás haciendo, te falta concentración; consumís y generás textos e imágenes en el espacio en el que hoy se producen de manera compulsiva los textos y las imágenes, por fuera de cualquier institución, en plataformas que son imperios transnacionales cuyos agentes sintéticos te arrancan, como si fuera piel, pedacitos de información personal con anestesia. Tu propia corporeidad digital se alimenta de una nueva forma de adicción que te mantiene expectante.

Los que nacimos en el siglo pasado sabemos que no siempre fue así, y este enorme proceso de cambio, que parece fluir por debajo de nuestros sentidos y es hijo de la capacidad de abstracción que heredamos del siglo pasado, me excede en tanto trabajador de la palabra. Este es un cambio que va muchísimo más lejos de la discusión sobre el futuro del libro y de la lectura, y se expande más allá de las pequeñas complejidades de una industria o un campo para extenderse hacia la totalidad de los mercados culturales, nuestro acercamiento al arte en sus múltiples variantes y nuestra forma de habitar el mundo. ¿Qué es lo que hacía con mi tiempo libre antes de que la economía de la atención me convirtiera en una usina de producción y recepción de imágenes y de palabras? Esta experiencia vital, como si le hubiera ocurrido a otra persona, se vuelve evanescente, especialmente ahora que la tecnología, el diseño del espacio urbano, el vagabundeo virtual y el ritmo nos convirtieron en pequeños receptores de placer artificial.

El mundo del libro, con su anacronismo y su profunda resistencia a los cambios, procuró transitar un oasis donde el tiempo transcurría de una manera peculiar. Una sensibilidad muy poderosa que se expandió desde la invención de la imprenta, un imaginario que determinaba los modos de producir, de leer y de consumir la palabra escrita y que todavía permanece vigente, un modelo cuyo alcance parecía cubrirlo todo, hasta ahora que empieza a quebrarse. En la arena de este desierto, con su luz y su belleza, hay un espejismo que se desintegra para mutar en otra cosa. ¿Qué podemos hacer cuando estamos avanzando hacia sociedades de control y vigilancia cada vez más avanzadas que ya tienen las llaves de nuestros deseos, plataformas que han probado que pueden manipular nuestro imaginario, las frustraciones y el umbral de las experiencias vitales que podemos alcanzar? ¿Cuál es el grado de concentración de contenidos que se avizora? ¿Qué decisiones tomaremos como lectores y como ciudadanos? Y lo más importante: ¿Qué clase de libros vamos a leer en el futuro?

Es hora de empezar a imaginar nuestro lugar en el mundo que se viene.