Sonoridades
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Black Midi
por Alejandro Feijóo

Cuatro chicos ingleses con pinta de ser los más estudiosos de la clase ponen patas arriba eso que hasta ahora se llamaba rock y que después de ellos será otra cosa o no será.

En ENEUR regalamos a nuestros lectores la propia revista, su contenido y las emociones que de su lectura deriven. Y allí se acaba nuestro espíritu dadivoso. No somos de poner un puestito que reparta elogios, al menos a quienes según nuestro criterio no lo merecen. Por ello acaso llame vuestra atención las palabras que en esta nota se llevarán consigo los chicos de Black Midi. Solo son una banda de rock (digamos), solo son jóvenes y solo son ingleses. Hasta aquí, ninguna particularidad que los destaque del cardumen que, cual octavo continente, boquea por los protocolos de la red. Pero su talento y la irreverencia con la que lo exponen hacen del cuarteto londinense uno de los fenómenos quijotescos del presente siglo, pues al igual que la magna obra de Cervantes, son más referenciados que leídos (escuchados, en este caso). Intentaremos subsanar esta brecha.

Tienen dos álbumes editados (el último, de hace apenas unos días) y un puñado corto de actuaciones, entre ellas, una fallida presentación en Buenos Aires que, covid mediante, ha sido reprogramada para el próximo mes de diciembre. La breve e intensa leyenda de los imberbes Geordie Greep, Matt Kwasniewski-Kelvin, Cameron Picton y Morgan Simpson comienza en la BRIT School, un centro de excelencia artística por cuyas aulas pasaron pebetes de la talla de Amy Winehouse, los miembros de Noisettes, Adele, Leona Lewis y el inclasificable King Krule, entre muchos otros. Meritocracia aparte, la nómina de alumnos de la BRIT School nos da una idea de que cuando el talento se cuece en el caldero apropiado, el caldo tiende a salir más sabroso.

Voluntariamente o no miembros de esta elite, los cuatro amigos bautizaron su correspondiente banda con el nombre de un “género musical” surgido en Japón en los primeros años de este milenio, que consiste en superponer archivos midi de forma tal que cientos y hasta miles de notas suenan de forma simultánea. El homenaje, propio de nativos digitales, no va mucho más allá de lo nominal, pues cualquier pieza nipona de black midi no pasa de ser un jingle comercial comparada con una canción de los english boys. Como a todo en este mundo, a Black Midi no le faltan etiquetas: math rock, post punk, rock experimental, noise… Todo ello es cierto y a la vez no le hace honor a la miríada de estratos musicales que contienen sus composiciones. Como dignos hijos de su tiempo indigno, Black Midi nos propone una experiencia.

No esperen aquí un análisis propiamente musical. Podríamos decir que las guitarras eléctricas adquieren un nuevo rango, que la sinuosidad de sus composiciones nos lleva de la calma susurrante a la histeria ruidosa en menos de lo que tarda el subte en ir de una estación a otra. Que el banjo y algún aroma del country conviven armoniosamente con riffs metalizados y arranques de batería propios del gremio ferroviario. Y que ciertos fraseos resultan tan inquietantes como las declamaciones de Alex DeLarge... El ruido y la furia, el bajo y el falsete, la calma dominguera y la velocidad futurista… Intensos y genuinos, Black Midi exigen del oyente al menos la misma versatilidad con la que ellos se lanzan al ruedo. Dan la impresión de no esperar nada, de modo que es posible que lo consigan todo.