Emile Ciorán
Sabores
Sinestesia | Saborear sonidospor Elsa Manelphe
No puedo recordar como llegó porque siempre estuvo. Nunca me lo pregunté, como no me pregunté porque tenía 10 dedos en los pies, 2 manos y un par de tetas. Nunca me lo pregunté porque pensaba que todos percibían así el mundo. Esas cuestiones en las que uno ni siquiera piensa porque son propias, personales, orgánicas. Uno puede tratar de decodificar la realidad -en un proceso científico o filosófico-, pero el decodificador de base de cada uno, los sentidos, son tan parte de nosotros que nos olvidamos de estudiarlo. Y uno se acostumbra bastante a si mismo, ¿no?
El hielo es frío, la noche es oscura, y los números tienen colores, así lo siento. Esta fue y es mi base de percepción para atrapar la realidad, sin pensarlo, intuición primal y constante. Los colores no cambiaron, es el mismo filtro, ayer y hoy. Martes es azul y miércoles, amarillo; el 8 es violeta y el 2, rosa; y para pensar en una fecha, por ejemplo en el mes de agosto, debo caminar mentalmente sobres unos cubos en 3D formando una suite bien definida. Siempre la misma, igualmente dispuesta en el espacio. Perfectamente clara y obvia.
Experimento varios cruces de sentidos, asocio los colores a los sonidos, a una palabra, a un nombre, a una persona. Y no siempre es agradable. Algunas asociaciones de colores me dejan con un profundo sentimiento de depresión y un sabor a trapo de piso en la boca. Unos sonidos mezclados oscurecen mi día hasta no soportarlo, mareo y vértigo. El violín es verde, más oscuro o más claro según las notas. En general, mi sinestesia es unidireccional: el color verde no se escucha a violín. Pero el violín sí es verde. Y la guitarra anaranjada. A veces, los sonidos tienen olor o sabor, pero no es algo sistemático, aunque el sabor sea siempre el mismo para cada sonido.
Desde niña, la escucha del violín me hizo llegar sensaciones de cítricos a la boca. Las suites de Bach eran verdes + jugo de limón o de pomelo. A veces, temperadas con piel de naranja, unas variantes sutiles. El piano huele a almendra tostada, o sabe a leche de almendra. Es blanco o beige su sonido. Radiohead sabe a hierro y agua, y la voz de Billie Holiday a eucalipto.
Estudiaba política y filosofía, pero elegí la cocina como carrera y espacio de trabajo. El lugar donde siento que ese flujo está cómodo. El flujo de sensaciones, la alta dosis de informaciones, la imagen de este bosque tapando el cielo, tantas informaciones sensoriales que uno se siente al borde de explotar en un gran orgasmo multiplicado, sinfónico y un poco angustiante. Cocinar organiza este caos, mandar cebollas al wok le da un orden.
SOUVENT LA MUSIQUE ME PREND COMME UNE MER, pongo un tema, escucho y calmo la violencia sensorial de tanta emoción, flambeando bananas. La cocina es un pequeño cosmos al que espero que me sigan, sin anestesia, obvio.
¿El sabor estara en los oidos del que contempla?
¿Ven colores y no salmón rosado escuchando a Calamaro? ¿Las palabras tienen sabor? ¿Los sonidos tienen olor? ¿Letras, cifras, dias, tienen colores distintos? Quizás sean sinestésicos, o simplemente jueguen a dejarse llevar por la sinestesia… Ojos cerrados y boca abierta, a ver qué sabores les sugiere la música…
Va mi propia interpretación, como dicen a Jude, “take a sad song, and make it better!”, con la escucha de estos sonidos heróicos y líricos de violines, imagine transformar el limón, que venía implacablamente a mi boca, en un trago especial, y en un homenaje al famoso Piano Cocktail de mi compatriota Boris Vian.
Receta
Trago del Violín Verde
A prepararlo escuchando el 1er. Movimiento del Concierto para Violín en D Mayor, Op. 35 de Piotr Ilich Tchaikovsky.
Para una dosis de vodka (un shot): mezclar 3 dosis de jugo de pomelo fresco, una cuchara de miel, una de pimienta negra molida. Procesar todo junto con unas hojas de menta fresca.
Es agridulce, suave y picante, fresco y especiado…
La CelestePor Claudia Hartfiel
Si en una panadería alguien pide dos tortugas y le dan dos pebetes; si pide bizcochos y le dan facturas; si en las orejas le cuelgan caravanas en lugar de aros y si ceba mate de la caldera y no de la pava… exacto, estamos en territorio uruguayo. Al menos así lo indica la tiza sobre un pizarrón donde se ofrece un breve glosario (no entran los más de 200 que distinguen el habla del Uruguay y de la Argentina): “Así llamamos a las cosas los uruguayos”. Sobre esto no queda ninguna duda, pero no pasa lo mismo respecto del ídolo popular Carlitos Gardel: en “El rincón de la disputa” se muestran documentos y fotos que permiten a los vecinos del Río de la Plata seguir discutiendo amablemente sobre el origen del cantor. Pero seguramente al terminar la rica comida de la parrilla y chivitería La Celeste, terminarán amigándose al coincidir: “¡Pero cada día canta mejor!”.
La casa es vieja y hermosa, está muy bien decorada, las mesas no están todas pegadas y los camareros son francos, gentiles y mesurados, bien “a la uruguaya”. De fondo se escucha una suave música de candombe o de Jaime Roos, tanto en el amplio salón como en los dos patios (protegidos por techos translúcidos acariciados por enredaderas, calefaccionados en invierno, garantizando la “sensación patio”), donde se puede comer y fumar (los ceniceros tienen publicidad de cigarrillos Nevada) y hacer un viajecito por el país hermano recorriendo sus paredes, donde se inscribieron interesantes pinturas de estilo graffiti con motivos candomberos y publicidades de establecimientos y productos uruguayos.
La Celeste –el nombre “oficial” de la selección de fútbol del Uruguay que ganó el mundial de 1950 en el Maracaná– está presente en los individuales (donde afirman haber inventado la vuelta olímpica), en los colores imperantes y hasta en las camisetas de los camareros, cuyas espaldas avisan, orgullosa e ilusionadamente, en qué zona del próximo mundial les toca jugar.
Ya aclimatado el visitante, no tendrá dudas en sumergirse en el menú para pedirse un bien surtido chivito canadiense, una pamplona o algunos de los platos con títulos humorísticos que evidencian una manera de tomarse la vida: el Pollo Ramírez (sandwich de pollo con rúcula y tomatitos disecados, ¡riquísimo!), el Chancho Burgués (sabroso sandwich de chancho, porsupuesto), el original Chivipez (sandwich de filete de brótola), la Ensalada Cabo Polonio (una capresse rebautizada), un Tacuarembó reloaded (¡chinchulines gratinados con nuez, queso azul y muzzarella!), el Flan de Fidel (“de” dulce de leche), o un tradicional Postre Chajá de Paysandú casero son algunos de los tentadores platos que se pueden probar en La Celeste.
Como todo lo que comió seguro le gustó, el comensal volverá para seguir probando y, de paso, continuar explorando el museo de la esencia uruguaya que está en la entrada: unas vitrinas con botellas de Conaprole, banderines de Nacional y Peñarol, discos viejos de Viglietti y de Los Olimareños, yerbas uruguayas, mates y bombillas decorados, whisky y grappa Ancap, Espinillar y otras bebidas típicas de los viejos bares de la Ciudad Vieja de Montevideo.
La Celeste | Bonpland 1944 | Palermo | CABA | Argentina
Tel: 4776.7655 | 4827.5997
http://www.parrillalaceleste.com.ar
Abierto de lunes a lunes; mediodía y noche
El HistóricoEn pleno barrio de San Telmo se encuentra la sede de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), sobre la calle México, a pocos metros nomás de la antigua Biblioteca Nacional. En esa maravillosa casa restaurada, con el mayor de los respetos por sus formas y dimensiones originales, se encuentra el autodenominado restaurante literario El Histórico, cuya apuesta es a la alta cocina, al mando del chef Adolfo Astigarraga. El inmejorable entorno, para los que gustan de los espacios clásicos, es acompañado por el cuidado de la puesta de sus mesas y un menú tan tentador que obliga a pensar en el retorno.
Las especialidades que los correctos mozos ofrecen son las pastas y los risottos, aunque los visitantes pueden navegar por las distintas opciones de la interesante carta que propone. De lo que llegó a nuestro paladar, destacamos los langostinos al cognac; los malfati al horno; la saltimboca romana (con el tridente de arvejas, salvia y un destacable jamón crudo); y los recomendados: risotto frutti di mare y los sorrentinos alla romana. Y con la oferta de una no excesiva pero bien surtida carta de vinos. Atención: ante el volumen considerable de algunas porciones, se recomienda a los comensales preguntar por cuáles están pensadas para compartir.
A la hora de los postres, es deseable hacer un recorrido por el surtido dulce que ofrece el restaurante y que en la carta figura como Plato Histórico: de acuerdo a la cantidad de comensales, ofrecen porciones de los postres que más rankean en el gusto del público del restaurante. Del total de porciones, las que se destacaron fueron dos clásicos: el tiramisú y el volcán de chocolate.
Apto para ir en pareja o en un grupo reducido, con distintos ambientes a disposición del visitante, abriendo la posibilidad de conversar y de degustar con tiempo y calma, dos de los pilares en los que se apoya la propuesta gastronómica de El Histórico. Arañas de cristal, pasillos, rejas labradas, espejos y bibliotecas repletas de libros, hacen el resto.
El Histórico | México 524 | San Telmo | CABA | Argentina
Tel: 4307.4832
http://www.elhistoricosantelmo.com.ar
Abierto
de lunes a domingo, con excepción de los sábados al mediodía


